jueves, 12 de abril de 2018

"Razón Biológica, la base evolucionista del pensamiento", por Carlos Castrodeza

"Esto es lo que conviene analizar. ¿Por qué al hombre le duele su ignorancia, como podría dolerle un miembro que nunca ha tenido?" 
(Carlos Castrodeza)


Hoy acabo de releer por segunda vez el magnífico libro de Carlos Castrodeza: "Razón Biológica, la base evolucionista del pensamiento". Es una lástima que este buen filósofo español no tenga más reconocimiento, y es una mayor pena que falleciese antes de poder terminar de germinar toda su línea de trabajo.

Como muestra de su talento me gustaría compartir con vosotros la manera en que este autor, un fenomenal biólogo reconvertido en filósofo, termina el libro arriba mencionado con este memorable epílogo (como él diría, para flemáticos):

"Leslie Stevenson publicó una pequeña obra maestra, Siete Teorías de la Naturaleza Humana. En este escrito Stevenson simplificó, sin trivializar, la contemplación de las cuestiones sempiternas epistemológicas y éticas de la filosofía. Stevenson proponía que todo ser humano siempre se formula, de un modo tácito al menos, las siguientes preguntas, y en este orden: ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Por qué no acepto mi situación? ¿Hay solución? (en realidad, estas son las preguntas kantianas por excelencia). Las dos primeras preguntas (cosmológica y antropológica) plantearían en sus respuestas la propia epistemología, y las dos segundas un principio ético, tanto en su fase pre-ética (sintomatología) como en la práctica ética propiamente dicha.
Stevenson explicitaba entonces siete cosmovisiones típicas. Según la terminología aquí empleada, una sería típicamente racionalista, la platónica, dos instintivistas de signos opuestos, la cristiana y la existencialista de Sartre, dos instrumentalistas, la freudiana y la marxiana, una positivista, la conductista de Skinner y otra refutacionista, la etológica de Loren.
La idea de Stevenson era que todos los seres humanos participamos en mayor o menor grado de las cosmovisiones de estos creadores.
Lo cierto es que el modelo de Stevenson se puede generalizar aún más, e incluir una serie adicional de cosmovisiones que cubran de un modo mucho más completo las pretensiones humanas. De hecho, y de acuerdo con las ideas expuestas, a lo largo páginas, habría una cosmovisión de la que derivarían as las demás. Esta sería una cosmovisión de corte biológicoevolucionista, basada específicamente en un esquema darwiniano, que iría más allá de la ortodoxia vigente y sería, desde luego, más amplia que el que propugna Lorenz y, sobre todo, Skinner.
La raíz de esta cosmovisión generalizadora [biológicoevolucionista] estaría en el sufrimiento animal, y específicamente en el humano, lo que reflejaba muy exactamente la sensibilidad del propio Darwin al respecto. Procede pues, para cerrar estas disquisiciones naturalistas, contestar a las preguntas Stevensonianas desde esta perspectiva biológica general y a un nivel 'macroscópico', es decir, tomando como referencia lo que se estima que el hombre siente 'a flor de piel'. Sensación que, no es otra cosa, sino la materia prima para el estudio de una supuesta naturaleza humana por parte tanto de racionalistas como de intuicionistas, en los extremos, así como de cualquier otro estudioso al respecto.
¿Dónde ve el hombre que está cuando su autoconciencia se va despertando? Ve que el mundo es un lugar amenazador. Siente, contemplándolas, las amenazas del frío, del hambre, de enfermedad, del tedio, de los depredadores, de la hostilidad de sus congéneres, del fracaso vital en sus distintas dimensiones. Intenta contrarrestar estas amenazas a costa prácticamente de lo que sea y de quien sea, aunque teóricamente manifieste cierta contención. Pero siempre constata que la inseguridad persiste, y que hay que seguir viviendo hasta que, quizá en el mejor de los casos, se sucumba gradualmente por el deterioro orgánico [vejez] que se impone hasta la muerte.
Una vez ubicado su medio, ¿cómo se ve el hombre? Se vislumbra como un ser forzado a (deseoso de) sobrevivir sobre todas las cosas. No importa cuál sea su sufrimiento, su miseria, su menosprecio a la vida, su desesperación. Se ve arrastrando su existencia, a menudo, de una manera tan tragicómica como amarga, hasta que alguna vez, rara vez, se 'rompe' y acaba él mismo con esa existencia.
Su rechazo a su situación está clara, pero insiste en llegar fondo de las cosas. Y asume que el hombre sufre sobre todo porque en realidad no sabe qué hacer, no sabe a qué atenerse para remediar su condición existencial. Concretamente, su verse forzado a (deseo de) sobrevivir por encima de todo, resulta truncado por la inevitabilidad de su propia muerte. Algunas veces piensa que existe un Ser Superior (un Algo) y que si confía en Él (en Ello), viviendo en el mundo como si estuviera al margen de todo (o fuera parte de un Todo), su doliente estado al menos se mitigaría. Pero esa confianza que exige una fe inexplicable, tiene su precio. El precio de la fe. Éste es normalmente la renuncia a supuestas compensaciones que puede conseguir y que supone en ocasiones, fugazmente, casi olvidar su situación. En cualquier caso, la duda insuperable hace que esta actitud parezca frecuentemente insostenible.
Otras veces decide que lo mejor es no pensar, que es necesario distraerse con algo que aparte la atención del problema existencial, un problema que, insiste, no sabe cómo resolver. De nuevo, esta escapatoria funciona parcialmente, especialmente si no se tiene tiempo para pensar, aunque el mal de fondo subsiste y va horadando la conciencia incesantemente.
¿Qué solución? Desde la mejor de las situaciones intuye que la manera óptima de diluir esa desesperanza está en inmiscuirse -del modo más directo al más indirecto- en actividades tecnológicas, científicas, artísticas y filosóficas:
- La tecnología, con la pretensión de remediar, con la menor dilación posible, las necesidades más perentorias (no pasar hambre, ni frío, no sufrir por causas de dolencias orgánicas).
- La ciencia, con la pretensión de dilucidar hasta qué punto puede ser posible resolver todas, y cada una, de las necesidades que surgen, ya a más largo plazo. Porque la satisfacción de las necesidades más inmediatas parece ceder el paso a otras que aguardan su turno, como soterradamente, y que cuando toca actualizarse son tan exigentes como las que fueron en su día las más apremiantes.
- El arte, porque le traslada al hombre a un mundo de bienestar sosegado, que no parece producir resaca, y ayuda a no perder la calma, e, incluso, resuelve la angustia existencial en ciertos casos.
- Por fin, la filosofía, actividad crítica de todo lo anterior, con objeto de cotejar hasta qué extremo no existe una ilusión indebida y se sigue 'con los pies en el suelo', porque si dura es la realidad cotidiana -se experimente o se piense (en 'propia carne' o en la de otros)-, peor es estar en Babia y despertarse en una pesadilla más horrenda que la que se haya podido soñar.
Estas aproximaciones atañerían a todos los seres humanos, en sus distintas variantes, especialmente en sus dos extremos: el hombre racional y el hombre instintivo.
[...] Estas tipologías [de personas], se insiste, más que ser en cierta medida genéticas (como afirma Eysenck), serían el resultado de la interacción del genotipo y el ambiente percibido, es decir, dichas tipologías serían, en general, estrategias de supervivencia. En todo caso se 'genetizarían', valga el término, aquellas que facilitaran más la supervivencia a través de los tiempos (quizá según un proceso de asimilación genética como, en su día, preconizara Conrad Waddington)."

jueves, 22 de marzo de 2018

Sobre "El mito de Sísifo", de Albert Camus

"Este transeúnte, ¿qué busca, por qué vive? ¿Y ese niño, y su madre, y ese viejo? Todo el mundo me exasperó durante aquel maldito paseo. Al final entré en una carnicería donde había colgada más o menos la mitad de una vaca. Ante semejante espectáculo estuve a punto de sufrir una crisis de llanto."
(Emil Cioran)

 "No siento ningún temor por la muerte: prefiero este trance doloroso al sino ineluctable que me fue impuesto el día de mi nacimiento. ¿Qué es la vida?. Un bien que me confiaron sin pedirlo, y que habré de devolver con indiferencia. "
Omar Khayyám (1048-1131)  


"[...] hay un recelo creciente de que la existencia es una carrera de ratas en una trampa: los organismos vivos, personas incluidas, no son más que tubos que tragan cosas por delante y las echan por detrás, las cuales los mantienen haciendo lo mismo y a largo plazo los desgastan. Así que, para seguir con esta farsa, los tubos encuentran maneras de producir nuevos tubos, que también tragan cosas por delante y las echan por detrás. En el extremo de entrada incluso desarrollan ganglios nerviosos denominados cerebros, con ojos y oídos, que les facilitan la búsqueda de cosas que tragar. Siempre y cuando obtengan alimento suficiente, gastan su excedente energético en menearse de maneras complicadas, producir toda clase de sonidos inhalando y exhalando aire por el agujero de entrada y congregarse en grupos para luchar contra otros grupos. Con el tiempo, los tubos adquieren tal abundancia de aparatos adosados que apenas son reconocibles como simples tubos, y se las arreglan para hacerlo en una asombrosa variedad de formas. Existe una norma vaga de no comer tubos de la misma forma que la propia, pero en general hay una intensa competencia por ver quién se convierte en el tipo superior de tubo. Todo esto parece maravillosamente fútil, y sin embargo, si uno se pone a pensar en ello, comienza a parecer más maravilloso que fútil. De hecho, parece sumamente extraño"
(Alan Watts)



Introducción.

El mito de Sísifo es un ensayo filosófico de Albert Camus, originalmente publicado en francés en 1942 como Le Mythe de Sisyphe. El ensayo se abre con la siguiente cita de Píndaro:
"No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible".
El título del ensayo proviene de un atribulado personaje de la mitología griega. En él, Camus discute la cuestión del suicidio y el valor de la vida, presentando el mito de Sísifo como metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre.

El libro fue escrito en plena segunda guerra mundial, durante uno de los periodos históricos modernos más absurdos vividos por la humanidad, y como fruto de esta circunstancia el autor pudo beber de primera mano el hecho del sinsentido del mundo. 

La obra comienza con estas palabras que han pasado ya a la posteridad por el ardor y el impacto que su mera lectura suponen:

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder. Y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que se debe profundizar a fin de hacerlas claras para el espíritu. [...]
     Matarse, en cierto sentido, y como en el melodrama, es confesar. Es confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se la comprende. Sin embargo, no vayamos demasiado lejos en esas analogías y volvamos a las palabras corrientes. Es solamente confesar que eso "no merece la pena". Vivir, naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia, por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que se ha reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter irrisorio de esa costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento. ¿Cuál es, pues, ese sentimiento incalculable que priva al espíritu del sueño necesario a la vida? Un mundo que se puede explicar incluso con malas razones es un mundo familiar. Pero, por el contrario, en un universo privado repentinamente de ilusiones y de luces, el hombre se siente extraño. Es un exilio sin recurso, pues está privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida. Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo. 
     Como todos los hombres sanos han pensado en su propio suicidio, se podrá reconocer, sin más explicaciones, que hay un vínculo directo entre este sentimiento y la aspiración a la nada. El tema de este ensayo es, precisamente, esa relación entre lo absurdo y el suicidio, la medida exacta en que el suicidio es una solución de lo absurdo. Se puede sentar como principio que para un hombre que no hace trampas lo que cree verdadero debe regir su acción. La creencia en lo absurdo de la existencia debe gobernar, por lo tanto, su conducta. Es una curiosidad legítima la que lleva a preguntarse, claramente y sin Falso patetismo, si una conclusión de este orden exige que se abandone lo más rápidamente posible una situación incomprensible. Me refiero, por supuesto, a los hombres dispuestos a ponerse de acuerdo consigo mismo.[...] A priori, e invirtiendo los términos del problema, así como uno se mata o no se mata, parece que no hay sino dos soluciones filosóficas: la del sí y la del no. Eso sería demasiado fácil. Pero hay que tener en cuenta a los que interrogan siempre sin llegar a una conclusión. A ese respecto, apenas ironizo: se trata de la mayoría. Veo igualmente que quienes responden que no, obran como si pensasen que sí. De hecho, si acepto el criterio Nietzscheano, piensan que sí de una u otra manera. Por el contrario, quienes se suicidan suelen estar con frecuencia seguros del sentido de la vida. Estas contradicciones son constantes. Ante estas contradicciones y estas oscuridades, ¿hay que creer, por lo tanto, que no existe relación alguna entre la opinión que se pueda tener de la vida y el acto que se realiza para abandonarla? No exageremos en este sentido.[...] 
     En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo. El juicio del cuerpo equivale al del espíritu y el cuerpo retrocede ante el aniquilamiento. Adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar. En la carrera que nos precipita cada día un poco más hacia la muerte, el cuerpo conserva una delantera irreparable. Finalmente, lo esencial de esta contradicción reside en lo que yo llamaría la evasión, porque es a la vez menos y más que la diversión en el sentido pascaliano. El juego constante consiste en eludir. La evasión típica, la evasión mortal que constituye el tercer tema de este ensayo, es la esperanza: esperanza de otra vida que hay que "merecer", o engaño de quienes viven no para la vida misma, sino para alguna gran idea que la supera, la sublima, le da un sentido y la traiciona. Todo contribuye así a enredar las cosas. No en vano se ha jugado hasta ahora con las palabras y se ha fingido creer que negar un sentido a la vida lleva forzosamente a declarar que no vale la pena de vivirla. En verdad, no hay equivalencia forzosa alguna entre ambos juicios. Lo único que hay que hacer es no dejarse desviar por las confusiones, los divorcios y las inconsecuencias que venimos señalando. Hay que apartarlo todo e ir directamente al verdadero problema. El que se mata considera que la vida no vale la pena de vivirla: he aquí una verdad indudable, pero infecunda, porque es una perogrullada. ¿Pero es que este insulto a la existencia, este mentís en que se la hunde, procede de que no tiene sentido? ¿Es que su absurdidad exige la evasión mediante la esperanza o el suicidio? Esto es lo que se debe poner en claro, averiguar e ilustrar, dejando de lado todo lo demás. ¿Lo absurdo impone la muerte?"

Los muros del absurdo.

Y ciertamente todos vivimos nuestras vidas tras el decorado de la costumbre. Damos sentido al hábito y a la rutina y, viendo que todos parecen perseguir algo en similares circunstancias a las nuestras, extrapolamos que algo debe de haber. Así pues, en nuestro día a día no solemos cuestionar nuestros actos cegados por esta inercia que en principio no parece merecer controversia. Sin embargo:

"Suele suceder que los decorados se derrumben. Levantarse, coger el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la cena, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo. Pero un día surge el "por qué" y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro."

Estoy convencido de que en mayor o menor medida todos nos hemos visto sorprendidos ocasionalmente por esta pregunta repentina: "por qué" hago lo que hago, ¿para qué soporto esta lucha diaria? ¿por qué resisto todo ese sufrimiento y frustración? ¿Cómo soporto este repetitivo lapso vital estando seguro como estoy de que la muerte y el olvido es lo que espera al final de mi cruento camino? Pero inmediatamente luego, nos dice Camus: "la continuación es la vuelta inconsciente a la oficina o el despertar definitivo". Normalmente todos volvemos a la inconsciencia tras un breve pestañeo de atudimiento.

La necesidad de conocimiento.

Pero resulta que algunos superan el muro del engaño (logran eludir el instinto de evasión) y despiertan completamente frente un asombro continuo. Son personas que ya no logran zafarse con tanta ligereza de estos interrogantes existenciales, y surge en ellos una irrefrenable necesidad de conocer el porqué de todo lo humano. Y es que, una vez perdida la inocencia, todos esos actos cotidianos que antaño daban sentido se vuelven ilusorios. 8 horas diarias de trabajo sin descanso y finalmente la vejez, un cáncer o un infarto que acabarán con todo. ¡Por qué! ¿Cuál es el fin último de toda esta pantomima que encarnamos?

"[...] en un universo privado repentinamente de ilusiones y de luces, el hombre se siente extraño. Es un exilio sin recurso, pues está privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida. Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo."

El absurdo es representación de toda esta falta de sentido observado a nuestro alrededor. Se desea conocer la razón de todo; se necesita la certidumbre de un destino eterno del que beber esperanza, pero lo que se nos ofrece no nos satisface. Sólo disponemos para interpretar el mundo del método de la ciencia y de la religión, pero ambas acaban en un punto donde todo lo que se ofrece escapa del sentido común: es decir, escapa de nuestro entendimiento humano.

"[Y,]¿Qué significa para mí un significado fuera de mi condición? No puedo comprender sino en términos humanos. Lo que toco, lo que me resiste, eso es lo que comprendo. Y sé también que no puedo conciliar estas dos certidumbres: mi apetencia de absoluto y de unidad y la irreductibilidad de este mundo a un principio racional y razonable. ¿Qué otra verdad puedo reconocer sin mentir, sin hacer que intervenga una esperanza que no tengo y que no significa nada dentro de los límites de mi condición?"

Y merece la pena insistir en un asunto que muchos desconocen. La ciencia no explica lo humano:

"[...]la ciencia de esta tierra no me dará nada que pueda asegurarme que este mundo es mío. Me lo describís y me enseñáis a clasificarlo. Me enumeráis sus leyes y en mi sed de saber consiento en que sean ciertas. Desmontáis su mecanismo y mi esperanza aumenta. En último término, me enseñáis que este universo prestigioso y abigarrado se reduce al átomo y que el átomo mismo se reduce al electrón. Todo esto está bien y espero que continuéis. Pero me habláis de un invisible sistema planetario en el que los electrones gravitan alrededor de un núcleo. Me explicáis este mundo con una imagen. Reconozco entonces que habéis ido a parar a la poesía: no conoceré nunca. ¿Tengo tiempo para indignarme por ello? Ya habéis cambiado de teoría. Así, esta ciencia que debía enseñármelo todo termina en la hipótesis, esta lucidez naufraga en la metáfora, esta incertidumbre se resuelve en obra de arte. ¿Qué necesidad tenía yo de tantos esfuerzos? Las líneas suaves de esas colinas y la mano del crepúsculo sobre este corazón agitado me enseñan mucho más. He vuelto a mi comienzo. Comprendo que si bien puedo, por medio de la ciencia, captar los fenómenos y enumerarlos, no puedo aprehender el mundo. Cuando haya seguido con el dedo todo su relieve no sabré más que ahora. Y vosotros me dais a elegir entre una descripción que es cierta, pero que no me enseña nada, y unas hipótesis que pretenden enseñarme, pero que no son ciertas. Extraño a mí mismo y a este mundo, armado únicamente con un pensamiento que se niega a sí mismo en cuanto afirma, ¿qué condición es ésta en la que no puedo conseguir la paz sino negándome a saber y a vivir, en la que el deseo de conquista choca con muchos que desafían sus asaltos?"

No conoceremos nunca. Esa es la lección que debemos aprender de la anterior cita. Estudiemos física moderna y se comprenderá hasta el punto que ha llegado la metáfora y la poesía. Nos dicen que el mundo lo componen ondas materiales de probabilidad superpuestas y vibrando en un campo cuántico, dentro de un espacio-tiempo de cuatro o más dimensiones: palabras sin sentido para el intelecto del hombre, a esto se resume en estos momentos la realidad desde el ámbito científico. Un conglomerado inefable de matemáticas interpretadas sin ton ni son y maquilladas con alegorías clásicas que pretenden hacernos creer que de verdad los físicos saben de lo que hablan. No es el caso. Y si hay algo, de hecho, parecido a un conocimiento físico es aquel que dice que parece ser que la existencia se asemeja más a un neoplatonismo matemático que a otra cosa, donde todo lo que matemáticamente puede suceder, sucederá de hecho. ¿Pero en qué lugar dejan estas hipótesis al hombre y a su subjetivo fatal destino? Ante el absurdo la razón parece vana...pero tampoco hay nada mas allá de la razón. Vivir es pues hacer que viva lo absurdo (la contradicción), y hacer vivir al absurdo es, ante todo, contemplarlo.

Las evidencias del absurdo.

Para cada persona, y también para la propia especie en su conjunto, contemplamos un único destino: el de la muerte y el olvido; y ante nuestra búsqueda de esperanza y perpetuidad, la ciencia nos replica que todo pasa porque sí, porque matemáticamente todo lo posible ocurre y ocurre de acuerdo a tal manera...y punto. Una posición absurda: queremos eternidad y una razón para el ser, y acabamos sin embargo con unos dictados humanamente irrazonables

Parafraseando a un amigo: La existencia puede ser más o menos agradable para el que existe. Pero, poco después, llega la vejez, la enfermedad y la muerte. Y, entonces, uno se pregunta: ¿de qué ha servido todo? ¿Para qué veo todo esto si nunca más voy a ver nada y ni siquiera seré consciente de lo que vi? ¿Para qué estar un tiempo consciente si el castigo es que todo desaparezca como lágrimas en la lluvia? A nuestra especie como un todo le espera un destino muy similar, e incluso el destino del propio Universo como un todo parece estar marcado por una fatalidad muy similar: o muere por agotamiento ("muerte" térmica), o lo desgarra su propio ser expansivo (Big Rip), o quizás invierte de nuevo su curso hasta acabar de nuevo, tras el Big Crunch, en el mismo punto donde empezó (avocado a la amnesia del Big Bounce). La cuestión es que todas y cada una de las alternativas supone el olvido histórico y la destrucción de todo el fenómeno que el propio cosmos contuvo en su ser.

Tampoco hay por ningún lado rastro razonable de algún tipo de unidad absoluta (Dios), y mucho menos evidencia de que sea posible siquiera una existencia que no sea perecedera. Por el contrario todo se nos aparece como pasajero, efímero, diverso, mutable, irreconocible; todo es número, probabilidad, metáfora y poesía. Este es el verdadero drama del hombre: todo su apetito de absoluto acaba siempre en hambruna intelectual.

Un sentimiento trágico de la vida que ya Miguel de Unamuno supo destacar incluso antes que Camus:

"[...]La civilización toda se endereza al hombre, a cada hombre, a cada yo. ¿O qué es ese ídolo, llámese Humanidad o como se llamare, a que se han de sacrificar todos y cada uno de los hombres? Porque yo me sacrifico por mis prójimos, por mis compatriotas, por mis hijos, y estos a su vez por los suyos, y los suyos por los de ellos, y así en serie inacabable de generaciones. ¿Y quién recibe el fruto de ese sacrificio? Los mismos que nos hablan de ese sacrificio fantástico, de esa dedicación sin objeto, suelen también hablarnos del derecho a la vida. ¿Y qué es el derecho a la vida? Me dicen que he venido a realizar no sé qué fin social; pero yo siento que yo, lo mismo que cada uno de mis hermanos, he venido a realizarme, a vivir. Sí, sí, lo veo; una enorme actividad social, una poderosa civilización, mucha ciencia, mucho arte, mucha industria, mucha moral, y luego, cuando hayamos llenado el mundo de maravillas industriales, de grandes fábricas, de caminos, de museos, de bibliotecas, caeremos agotados al pie de todo esto, y quedará ¿para quién?[...] Si la conciencia no es, como ha dicho algún pensador inhumano, nada más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia. Alguien podrá ver un fondo de contradicción en todo cuanto voy diciendo, anhelando unas veces la vida inacabable, y diciendo otras que esa vida no tiene el valor que se le da. ¿Contradicción? ¡Ya lo creo! ¡La de mi corazón, que dice que sí, mi cabeza, que dice no! [...] ¡Contradicción!,  naturalmente! Como que sólo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción. Se trata, como veis, de un valor afectivo, y contra los valores afectivos no valen razones. Porque las razones no son nada más que razones, es decir, ni siquiera son verdades." 

¡Contradicción!, por supuesto: trágica diferencia entre lo que uno espera y lo que uno recibe como respuesta, eso es el absurdo. Quiero que me sea explicado todo o nada. Y la razón es impotente ante ese grito del corazón. El espíritu despertado por esta exigencia busca y no encuentra sino contradicciones y desatinos. Lo que yo no comprendo carece de razón. Y el mundo está lleno de estas paradojas ilógicas. El mundo mismo, cuya significación única no comprendo ni comprenderé, no es en sí sino una inmensa irracionalidad.

Así que, una vez bien despiertos, esto es lo que podemos sintetizar (de nuevo en palabras de Camus):

"Las experiencias aquí evocadas han nacido en el desierto que no hay que abandonar. Por lo menos hay que saber hasta dónde han llegado. En ese punto de su esfuerzo el hombre se halla ante lo irracional. Siente en sí mismo su deseo de dicha y de razón. Lo absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo. Esto es lo que no hay que olvidar. A esto es a lo que hay que aferrarse, puesto que toda la consecuencia de una vida puede nacer de ello. Lo irracional, la nostalgia humana y lo absurdo que surge de su enfrentamiento son los tres personajes del drama que debe terminar necesariamente con toda la lógica de que es capaz una existencia."

Así pues aferrémonos a la única evidencia de la que tenemos verdadera constancia: la que me dice que el hombre es mortal y que la existencia en su conjunto es efímera, fútil y transitorio. Y por supuesto, la certidumbre que me dice que la realidad será por siempre para nuestra limitada perspectiva humana algo completamente irrazonable. Es decir, que el mundo mismo, cuya significación única no comprendo, no es sino una descomunal irracionalidad.

El suicidio filosófico.

Nos repite Camus que decir que algo es absurdo es destacar la contradicción de los hechos:

"Si veo a un hombre atacar con arma blanca a un grupo de ametralladoras, juzgaré que su acto es absurdo. Pero no lo es sino en virtud de la desproporción que existe entre su intención y la realidad que le espera, de la contradicción que puedo advertir entre sus fuerzas reales y el fin que se propone[...] la absurdidad nace de una comparación.[...]Lo absurdo es esencialmente un divorcio. No está ni en uno ni en otro de los elementos comparados. Nace de su confrontación.
En el plano de la inteligencia puedo decir, por lo tanto, que lo absurdo no está en el hombre (si semejante metáfora pudiera tener un sentido), ni en el mundo, sino en su presencia común. Es por el momento el único lazo que los une. Si quiero limitarme a las evidencias, sé lo que quiere el hombre, sé lo que ofrece el mundo y ahora puedo decir que sé también lo que los une."

El absurdo (la contradicción) es entonces lo que verdaderamente une nuestra existencia como personas y el mundo en que habitamos:

"La primera de sus características a este respecto es que [la contradicción] no puede dividirse. Destruir uno de sus términos es destruirla por completo. No puede haber absurdo fuera de un espíritu humano [fuera de la consciencia].[...] Así, lo absurdo termina, como todas las cosas, con la muerte. Pero tampoco puede haber absurdo fuera de este mundo. Y con este criterio elemental juzgo que la noción de lo absurdo es esencial y puede figurar como la primera de mis verdades."

¡La noción de lo absurdo es esencial al mundo! Y lo es desde el mismo instante en que permite que una consciencia pueda nacer en él. Porque incluso antes de que tal ente razonable aparezca evolutivamente en algún lugar del cosmos, este mismo potencial para la vivencia absurda ya estaba allí. Desde el primer instante de su existencia universal hasta su último estertor natural: el absurdo es un hecho en sí de la propia realidad. Es parte de su naturaleza esencial.

"Decir que este clima descrito es mortífero es apenas jugar con las palabras. Vivir bajo este cielo asfixiante exige que se salga de él o que se permanezca en él. Y se trata pues de saber cómo se sale de él en el primer caso y por qué se permanece en él, en el segundo. [...] El único dato es para mí lo absurdo. El problema consiste en saber cómo se puede salir de él y si el suicidio debe deducirse de ese absurdo.[...] Un hombre sin esperanza y consciente de no tenerla no pertenece ya al porvenir. Esto es natural. Pero es natural también que haga esfuerzos por liberarse del universo que él mismo ha creado."

El absurdo es esencial en nuestro mundo en tanto en cuanto va unido a la existencia de una conciencia. Y así pues, todas y cada unas de las consciencias son una potencial fuente de absurdo. Una fuente de lucha con la certidumbre de resultar vencido.

"Y llevando hasta su término esta lógica absurda, debo reconocer que esta lucha supone la ausencia total de esperanza (que nada tiene que ver con la desesperación), el rechazo continuo (que no se debe confundir con la renunciación) y la insatisfacción consciente (que no se debería confundir tampoco con la inquietud juvenil). Todo lo que destruye, escamotea o sutiliza estas exigencias (y en primer lugar el consentimiento que destruye el divorcio) arruina lo absurdo y desvaloriza la actitud que se puede proponer entonces. Lo absurdo no tiene sentido sino en la medida en que no se lo consiente."

Ante un destino personal que nos enseña que viviremos sin escapatoria sólo unos pocos años realizando un trabajo laboral diario sin sentido y hasta que nuestros huesos vuelvan al polvo tras un proceso de deterioro y enfermedad, la esperanza es vana. Nuestro rechazo ante tal absurdo deberá ser constante y la insatisfacción permanecer siempre consciente. Tal debe ser la actitud de un espíritu honesto ante todo lo dicho.

Y sin embargo, pocos son los que logran evitar la evasión; es decir, la negación de todo o parte del argumento absurdo. Finalmente casi todos de una manera u otra pretenden esquivar los hechos, y lo hacen consintiendo el absurdo. Agachan la cabeza ante el destino y cuales asnos reciben con agrado esa ilusoria esperanza que supone la zanahoria que ellos mismos ponen ante sus narices. Una esperanza forzosa que es con frecuencia de esencia religiosaEn pocas palabras: "[...] lo absurdo se convierte en dios (en el sentido más amplio de esta palabra) y la impotencia para comprender, en el ser que lo ilumina todo".

Pero como nada lleva lógicamente a este razonamiento, Camus lo denomina en mi opinión con acierto: dar el "salto". Un salto que simboliza el suicidio filosófico. Se trata de un pensamiento humillado que nace fruto de la renunciación. Para estas personas que beben de lo místico la razón es vana, pero hay algo más allá de la razón, mientras que para un espíritu absurdo la razón es vana y no hay nada mas allá de la razón. Y es inútil negar absolutamente la razón, puesto que es el único orden del cual vive la experiencia humana. De esta manera el salto hace de lo absurdo el criterio del otro mundo, cuando es únicamente un residuo de la experiencia de este mundo nuestro: "En su fracaso, el creyente encuentra su triunfo".

Pero el hombre absurdo no cae en esta humillación. Reconoce la lucha (racional) contra el absurdo, pero no desprecia absolutamente la razón y admite no obstante lo irracional (el sinsentido). Abarca así con la mirada todos los datos de la experiencia y está poco dispuesto a "saltar" antes de saber. Y lo hace aún sabiendo que en esta conciencia atenta no hay ya lugar para la esperanza: el polvo nos espera y nuestra razón es incapaz de explicar el mundo...¡pero aún así no saltaremos! Más vale soportar una nostalgia rebelde ante el absurdo que la mutilación intelectual auto-impuesta que supone divinizar lo irracional. 

Continuando con Camus:

"No hay en esto certidumbre lógica [sobre Dios]. Tampoco hay probabilidad experimental. Todo lo que puedo decir es que, en efecto, sobrepasa mi medida [la razón]. Si no deduzco de ello una negación, por lo menos no quiero fundamentar nada en lo incomprensible [lo irracional]. Quiero saber si puedo vivir con lo que sé [el absurdo] y con eso solamente. Me dicen también que la inteligencia debe aquí sacrificar su orgullo y la razón debe inclinarse. Pero si reconozco los límites de la razón no la niego por ello, pues reconozco sus poderes relativos. Yo quiero solamente mantenerme en este camino medio, en el que la inteligencia puede seguir siendo clara. Se trata de vivir en ese estado de lo absurdo [y de lograr hacerlo sin renunciar]".

Y hay de hecho muchas maneras de saltar, pero parece ser que lo esencial para todos es saltar. Imbuirse con agrado en esas negaciones redentoras, en esas contradicciones finales que niegan el obstáculo que no se ha saltado todavía. Y además resulta que estas pretensiones pueden nacer tanto (tal es la paradoja a que tiende este razonamiento) de cierta inspiración religiosa como del propio orden racional. Aspiran a lo eterno y cualquier cosa vale para dar el salto.

Esto significa que no sólo de la mística se nutre el suicidio filosófico, sino que también surge desde las entrañas de la propia razón tergiversada de la manera correcta. Se trata de aspirar a lo eterno, y ciertamente muchas filosofías modernas disfrazadas de cosmología pretenden salvar al hombre de su destino. Lo hacen de manera inefable, por supuesto, y normalmente no tienen siquiera una base experimental o teórica que les de soporte: ¡y sin embargo son fantasías tan fortificantes! Lástima que nada tengan que ver con la realidad.

Edwin Hubble y Albert Einstein pusieron la puntilla a principios del siglo XX a la posibilidad de cualquier tipo de eternidad (un Universo estático sin principio ni fin; es decir con una historia fenoménica no caduca y condenada al olvido). Pero vemos que el cosmos evoluciona y se agota. Las estrellas se consumen, el Universo se expande y la segunda ley de la termodinámica lo apuntilla todo. 

Y sin embargo todavía hay personas que sin apostar por Dios tienen fe en lo eterno (en la salvación histórica). Rechazan creer en un Dios impersonal y trascendente, pero no obstante buscan consuelo y esperanza convirtiendo al propio hombre en Salvador: se creen ateos, pero se auto-proclaman Dioses y pretenden que algún día nuestros descendientes serán capaces de doblegar las propias leyes naturales evitando así el anunciado fatal destino del mundo. ¡Qué disparate!

Valga nombrar, a modo de ejemplo, el caso de la denominada hipótesis del Punto Omega donde se mezclan conceptos espirituales con la moderna cosmología para terminar con un batiburrillo inefable donde la máxima parece ser, como en tantos otros casos, convertir al hombre en un Dios capaz de vencer a la propia naturaleza del mundo: se pretende que la consciencia doblegará finalmente las leyes naturales hasta evitar el colapso del mismísimo Universo restableciendo así nuestro ansia por lo eterno: memeces insustanciales.

Hay muchos más ejemplos a parte del Punto Omega, pero todos comparten el presupuesto del "salto" que supone que nuestro cerebro de mono venido a más algún día podrá sublevarse contra el destino absurdo y llenar de sentido al mundo tras una triunfal derrota sobre lo efímero. Dicen que estos vástagos nuestros serán capaces de detener (de algún modo inefable) la "muerte" térmica del Universo; y lo dicen a pesar de saberse desde la cosmología que el Universo se expande aceleradamente y que de hecho existe un horizonte causal determinado por la velocidad de la luz que impide que jamás ningún ente consciente va a poder alcanzar jamás siquiera una pequeña fracción de todo lo que constituye la realidad cósmica.

Saltos racionales ridículos e incluso cómicos que ciertamente no deberían de sacarnos del recto camino del absurdo trazado hasta ahora. Lo que hay es lo que vemos, aceptemos de una vez que el destino del hombre y del mundo en general están marcado. Nos guste o no todo pasará y nada permanecerá para siempre, ni siquiera la propia historia fenoménica del Universo. De ello se encarga de hecho el aumento en la entropía y la segunda ley de la termodinámica: en el fondo se trata de borrar cuanto antes la propia cronología del fenómeno existencial. Se trata de volver de manera acelerada a la nada (cuántica): a la pura e inefable matemática "inmóvil".

"El filósofo abstracto y el filósofo religioso parten del mismo desorden y se apoyan en la misma angustia. ¡Pero lo esencial [dicen] es explicar!". Pero no se trata de hacerlo a cualquier precio. No deben satisfacernos estos saltos deseperados; sino permanecer por contra en la recta línea de la razón y descubrir con estoicidad hasta donde llegamos. La honestidad consiste en saber mantenerse en ese borde vertiginoso, y lo demás es subterfugio.

Albert Camus resume el asunto de esta manera tan contundente:

"Mi razonamiento quiere ser fiel a la evidencia que lo ha estimulado. Esta evidencia es lo absurdo. Es ese divorcio entre el espíritu que desea y el mundo que decepciona, mi nostalgia de unidad, el universo disperso y la contradicción que los encadena.[...] Se trataba de vivir y de pensar con esos desgarramientos, de saber si había que aceptar o rechazar. No puede tratarse de disfrazar la evidencia, de suprimir lo absurdo negando uno de los términos de su ecuación. Hay que saber si se puede vivir de él o si la lógica ordena que se muera de él. No me interesa el suicidio filosófico, sino el suicidio a secas."

El hombre rebelde.

En "El mito de Sísifo" nos dice en este punto Camus:

"Lo principal está ya hecho. Tengo algunas evidencias de las que no puedo apartarme. Lo que sé, lo que es seguro, lo que no puedo negar, lo que no puedo rechazar, eso es lo que cuenta. Puedo negar todo de esta parte de mí mismo que vive de nostalgias inciertas, salvo ese deseo de unidad, esa apetencia de solución, esa exigencia de claridad y cohesión. Puedo refutar todo en este mundo que me rodea, me hiere o me transporta, salvo ese caos, ese azar rey y esa divina equivalencia que nace de la anarquía. No sé si este mundo tiene un sentido que lo supera, pero sé que no conozco ese sentido y que por el momento me es imposible conocerlo. ¿Qué significa para mí un significado fuera de mi condición? No puedo comprender sino en términos humanos. Lo que toco, lo que me resiste, eso es lo que comprendo. Y sé también que no puedo conciliar estas dos certidumbres: mi apetencia de absoluto y de unidad y la irreductibilidad de este mundo a un principio racional y razonable. ¿Qué otra verdad puedo reconocer sin mentir, sin hacer que intervenga una esperanza que no tengo y que no significa nada dentro de los límites de mi condición?
     Si yo fuese un árbol entre los árboles, un gato entre los animales, esta vida tendría un sentido o, más bien, este problema no lo tendría, pues yo formaría parte de este mundo. Yo sería este mundo, al que me opongo ahora con toda mi conciencia y con toda mi exigencia de familiaridad. Esta razón tan irrisoria es la que me opone a toda la creación. No puedo negarla de un plumazo. Por lo tanto, debo mantener lo que creo cierto. Debo sostener lo que me parece tan evidente, inclusive contra mí mismo. ¿Y qué es lo que constituye el fondo de este conflicto, de esta fractura entre el mundo y mi espíritu, sino la conciencia que tengo de él?"

En este momento lo absurdo, a la vez tan evidente y tan difícil de conquistar, entra en la vida de un hombre y encuentra su patria. ¿Qué haremos ahora con él? ¿Se va a morir, a escapar mediante el salto, a reconstruir una casa de ideas y formas a la medida propia? ¿O se va, por el contrario, a mantener la apuesta desgarradora y maravillosa de lo absurdo?

El método consiste en obstinarse: 

"En cierto punto de su camino, el hombre absurdo es solicitado. La historia no carece de religiones ni de profetas, inclusive sin dioses. Se le pide que salte. Todo lo que puede responder es que no comprende bien, que eso no es evidente. No quiere hacer, precisamente, sino lo que comprende bien. Le aseguran que eso es pecado de orgullo, pero no entiende la noción de pecado; que quizás el infierno está al final, pero no tiene bastante imaginación para representarse ese extraño porvenir; que pierde la vida inmortal, pero eso le parece fútil. Quisieran hacerle reconocer su culpabilidad. El se siente inocente. Para decir la verdad, sólo siente eso, su inocencia irreparable. Ella es la que le permite todo. Así, lo que se exige a sí mismo es vivir solamente con lo que sabe, arreglárselas con lo que es y no hacer que intervenga nada que no sea cierto. Le responden que nada lo es. Pero eso, por lo menos, es una certidumbre. Con ella es con la que tiene que ver: quiere saber si es posible vivir sin apelación."

Al hombre absurdo se le exige que abandone su actitud. Se le pide que salte y abrace algún tipo de esperanza, la que sea poco importa. Aquellos que aún no saben convivir con el sentimiento absurdo se sienten incómodos ante el reflejo de ese hombre obstinado en aferrarse a vivir sin expectativas ni ilusión. En este sentido se trata al hombre absurdo de manera similar a lo que Emil Cioran denominó como "el caído": 

"El caído es un hombre como todos nosotros, con la diferencia de que no se ha dignado a jugar el juego. Le criticamos y le huimos, le guardamos rencor por haber revelado y expuesto nuestro secreto, le consideramos a justo título como un miserable y un traidor."

Llegados a este punto, Camus se centra en el objetivo principal de su obra, que no ha sido nunca otro que el suicidio (el real y no ya el filosófico): comprender si esta vida merece la pena ser vivida. Y si bien al comienzo de su ensayo la cuestión era precisamente ésta, una vez vislumbrado con claridad el absurdo:

"[Si] anteriormente se trataba de saber si la vida debía tener un sentido para vivirla. Ahora parece, por el contrario, que se la vivirá tanto mejor si no tiene sentido. Vivir una experiencia, un destino, es aceptarlo plenamente. Ahora bien, no se vivirá ese destino, sabiendo que es absurdo, si no se hace todo para mantener ante uno mismo ese absurdo puesto de manifiesto por la conciencia."

Negar uno de los términos de la oposición de que vive el absurdo es eludirlo. Abolir la rebelión consciente es eludir el problema.

En su obra, El Hombre Rebelde, nos dice: "Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y necesito, al menos, creer en mi protesta". Así que no, el verdadero hombre absurdo no renuncia a vivir el absurdo, se rebela ante él pero lo hace viviéndolo cuanto más mejor. Vivir sin dar el salto filosófico, pero también sin dar el salto desde el puente. 

Afirmar la esencia del absurdo supone aceptarlo, dejarlo vivir en nuestra consciencia. Se trata de no eludir sin más el problema. Nos dice Camus que: 

"Vivir es hacer que viva lo absurdo. [Y] Hacerlo vivir es, ante todo, contemplarlo [...] Es una confrontación perpetua del hombre con su propia oscuridad. Es exigencia de una transparencia imposible. Vuelve a poner al mundo en duda en cada uno de sus segundos. Así como el peligro proporciona al hombre la irremplazable ocasión de asirlo, también la rebelión metafísica extiende la conciencia a lo largo de la experiencia".

El que de verdad comprende que el mundo es absurdo debe llevar su creencia hasta sus últimas consecuencias, y eso supone continuar en el mundo, ponerlo en duda cada segundo de su vida: ¡exigir que se le brinde una solución que sabe de antemano que no recibirá! "Es esa presencia constante del hombre ante sí mismo. No es aspiración, pues carece de esperanza. Esta rebelión es la seguridad de un destino aplastante, menos la resignación que debería acompañarla".

Pese a las apariencias hay que insistir en que la experiencia absurda se aleja por completo del suicidio:

"Se puede creer que el suicidio sigue a la rebelión, pero es un error, pues no simboliza su resultado lógico. Es exactamente su contrario, por el consentimiento que supone. El suicidio, como el salto [filosófico], es la aceptación en su límite. Todo está consumado y el hombre vuelve a entrar en su historia esencial. Discierne su porvenir, su único y terrible porvenir, y se precipita en él. A su manera, el suicidio resuelve lo absurdo [también el suicidio filosófico del que hablamos antes]. Lo arrastra a la misma muerte. Pero yo sé que para mantenerse, lo absurdo no puede resolverse".

Es precisamente esta rebelión absurda de la que hablamos la que da su precio a la vida: 

"Extendida a lo largo de toda una existencia, le restituye su grandeza. Para un hombre sin anteojeras no hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que la supera. El espectáculo del orgullo humano es inigualable. Las depreciaciones no servirán de nada. Esta disciplina que el espíritu se dicta a sí mismo, esta voluntad bien armada, este frente a frente tienen algo de poderoso y de singular. Empobrecer esta realidad cuya inhumanidad hace la grandeza del hombre, supone empobrecerle a él al mismo tiempo. Comprendo por qué las doctrinas que me explican todo me debilitan al mismo tiempo. Me libran del peso de mi propia vida y, sin embargo, es necesario que lo lleve yo solo".

Se trata de no renunciar atemorizado como un cobarde, sino en gritar con todas nuestras fuerzas a esta realidad que intelectualmente nos supera. Es apartarse a una solitaria colina y chillar que no entendemos nada, bramar que no creemos en nada más que en nuestro fatal destino, y clamar una y otra vez que a pesar de todo no renunciaremos jamás a expresar y experimentar esta nostalgia absurda hasta agotar el último segundo de nuestras vidas. Esa es la verdadera rebelión.

"Se trata de morir irreconciliado y no de buena gana.[...]El hombre absurdo no puede sino agotarlo todo y agotarse él mismo. Lo absurdo es su tensión más extrema, la que mantiene constantemente con un esfuerzo solitario, pues sabe que con esa conciencia y esa rebelión al día testimonia su única verdad que es el desafío."

La libertad absurda.

Nos preocuparemos ahora sobre el tema de la libertad. ¿Somos realmente libres de actuar según la rebelión arriba propuesta? Para empezar hay que notar que desde el momento en que se reniega de Dios no debemos preocuparnos ya del problema de la libertad metafísica: 

"Se conoce la alternativa; o bien no somos libres y Dios todopoderoso es responsable del mal, o bien somos libres y responsables, pero Dios no es todopoderoso. Todas las sutilezas de escuela no han añadido ni quitado nada a lo decisivo de esta paradoja."

Pero una vez descartada esa preocupación metafísica como decimos sólo queda el sentimiento subjetivo de nuestra propia libertad:

"Por eso no puedo perderme en la exaltación o la simple definición de una noción que me escapa y pierde su sentido desde el momento que sobrepasa el marco de mi experiencia individual. No puedo comprender lo que sería una libertad que me fuera dada por un ser superior. He perdido el sentido de la jerarquía. [...] La única que conozco es la libertad de espíritu y de acción. Ahora bien, si lo absurdo aniquila todas mis probabilidades de libertad eterna, me devuelve y exalta, por el contrario, mi libertad de acción. Esta privación de esperanza y de porvenir significa un acrecentamiento en la disponibilidad del hombre."

Tengo completa libertad de acción puesto que ninguna moral (superior) puede ya coartar mi voluntad:

"Antes de encontrar lo absurdo, el hombre cotidiano vive con finalidades, con un afán de porvenir o de justificación (no importa con respecto a quién o qué). Evalúa sus probabilidades, cuenta con el porvenir, con el retiro o el trabajo de sus hijos. Cree todavía que se puede dirigir algo en su vida. En verdad, obra como si fuese libre, aunque todos los hechos se encarguen de contradecir esa libertad. Pero después de lo absurdo todo se desquicia. La idea de que "existo", mi manera de obrar como si todo tuviera un sentido (incluso si, llegado el caso, dijese que nada lo tiene), todo esto se halla desmentido de una manera vertiginosa por la absurdidad de una muerte posible. Pensar en el mañana, fijarse una finalidad, tener preferencias, todo ello supone la creencia en la libertad, aunque a veces se asegure que no se la siente. Pero en ese momento sé muy bien que no existe esa libertad superior, esa libertad de ser que es la única que puede fundamentar una verdad. La muerte aparece como la única realidad. Después de ella ya no hay nada que hacer.[...] el hombre absurdo comprende que hasta entonces estaba ligado a ese postulado de libertad, con cuya ilusión vivía. En cierto sentido, eso lo trababa. En la medida en que imaginaba una finalidad en su vida, se supeditaba a las exigencias de un propósito que había de alcanzar y se convertía en esclavo de su libertad."

Pero nuestras vidas subjetivas ya vimos que no tienen ninguna finalidad objetiva:

"Lo absurdo me aclara este punto: no hay mañana. Esta es en adelante la razón
de mi libertad profunda. [...]El hombre absurdo entrevé así un universo ardiente y helado, transparente y limitado en el que nada es posible pero donde todo está dado, y más allá del cual sólo están el hundimiento y la nada."

No hay eternidad ni posteridad, nada permanece para siempre e incluso el propio Universo por donde nos movemos acabará algún día volviendo a la nada. La muerte es la única realidad, lo único a lo que nos podemos asir sin miedo a equivocarnos: un renovado complemento al "cogito ergo sum".

Así pues el hombre absurdo comprende que pese a su presunción no era realmente libre, puesto que antes de comprender la esencia del absurdo el hombre vivía esclavo de una vana esperanza instintiva arropada por una razón cegada de eternidad. Sin embargo, una vez el velo se alza ya no queda lugar más que para la indiferencia ante todos nuestros actos. Todo vale, porque nada es importante. Todo es fútil y pasajero y por lo tanto somos libres para actuar a nuestro antojo. 

"¿Pero qué significa la vida en semejante universo? Por el momento nada más que la indiferencia por el porvenir y el ansia de agotar todo lo dado. La creencia en el sentido de la vida supone siempre una escala de valores, una elección, nuestras preferencias. La creencia en lo absurdo, según nuestras definiciones, enseña todo lo contrario."

Merece la pena que nos detengamos en esto:

"Saber si se puede vivir sin apelación es todo lo que interesa. No quiero salir de este terreno. Se me ha dado este rostro de la vida; ¿puedo acomodarme a él? Ahora bien, frente a esta preocupación particular, la creencia en lo absurdo equivale a reemplazar la calidad de las experiencias por la cantidad. Si me convenzo de que esta vida no tiene otra faz que la de lo absurdo, si siento que todo su equilibrio se debe a la perpetua oposición entre mi rebelión consciente y la oscuridad en que forcejeo, si admito que mi libertad no tiene sentido sino con relación a su destino limitado, entonces debo decir que lo que cuenta no es vivir lo mejor posible, sino vivir lo más posible. No tengo por qué preguntarme si esto es vulgar o repugnante, elegante o lamentable. De una vez por todas, los juicios de valor quedan descartados aquí en beneficio de los juicios de hecho."

No hay que atender a ninguna escala de valor, ni tampoco a una supuesta moral superior que nos atormente: dada la seguridad de nuestro fatal destino lo único que importa son los hechos. Experimentar nuestra rebeldía de cualquier modo sin preocuparnos por nada que no sea dedicar y agotar hasta el último de nuestros suspiros en hacer vivir al absurdo a través de nuestra consciencia. No importa la calidad de nuestras experiencias sino la cantidad: no debemos preocuparnos por lo moral de nuestros actos sino por actuar todo lo posible: "Sentir la propia vida, su rebelión, su libertad, y lo más posible".

Si la muerte es el absurdo mismo, nuestra rebelión consistirá en utilizar nuestra libertad y nuestra consciencia para "batir todos los récords [...] y estar frente al mundo con la mayor frecuencia posible". 

"El presente y la sucesión de los presentes ante un alma sin cesar consciente, tal es el ideal del hombre absurdo. Pero aquí la palabra ideal tiene un sonido falso. No es ni siquiera su vocación, sino sólo la tercera consecuencia de su razonamiento. Habiendo partido de una conciencia angustiada de lo inhumano, la meditación sobre lo absurdo vuelve al final de su itinerario al seno mismo de las llamas apasionadas de la rebelión humana."

Vivir con pasión nuestra propia desesperación consciente ante el sinsentido del mundo. Disfrutar con libertad cada segundo que podemos palpar ese grito de angustia surgiendo desde nuestro interior. Deleitarnos con la prolongación de nuestro razonar dentro de este mundo irrazonable. Regocijarnos ante la contradicción que supone esta existencia irracional que nosotros saturamos de razón...y hacerlo hasta que caigamos agotados y derrotados por nuestro ineludible destino mortal.

Al respecto nos dice Camus:

"Así saco de lo absurdo tres consecuencias, que son mi rebelión, mi libertad y mi pasión. Con el solo juego de la conciencia transformo en regla de vida lo que era invitación a la muerte, y rechazo el suicidio.[...] Pero es malo detenerse, difícil contentarse con una sola manera de ver, privarse de la contradicción, la más sutil, quizá, de todas las formas espirituales. Lo que precede define solamente una manera de pensar. Ahora se trata de vivir."

Vivir como un hombre absurdo.

El hombre absurdo "seguro de su libertad a plazo, de su rebelión sin porvenir y de su conciencia perecedera, prosigue su aventura en el tiempo de su vida. En él está su campo, en él está su acción, que sustrae a todo juicio excepto el suyo. [...] No se puede disertar sobre la moral. El hombre absurdo no ve en ellas sino justificaciones, y no tiene nada que justificar. Parto aquí del principio de su inocencia".

Pero esta inocencia es temible. Se resume en un: "todo está permitido". Pero no se trata de un grito de liberación y de alegría, sino de una comprobación amarga. Es más: 

"Todo está permitido, no significa que nada esté prohibido. Lo absurdo da solamente su equivalencia a las consecuencias de esos actos. No recomienda el crimen, eso sería pueril, pero  restituye al remordimiento su inutilidad. Del mismo modo, si todas las experiencias son indiferentes, la del deber es tan legítima como cualquier otra. Se puede ser virtuoso por capricho.
[...] Todas las morales se fundan en la idea de que un acto tiene consecuencias que lo justifican o lo borran. Un espíritu empapado de absurdo juzga solamente que esas consecuencias deben ser consideradas con serenidad. Está dispuesto a pagar. Dicho de otro modo, si bien para él puede haber responsables, no hay culpables.Todo lo más consentirá en utilizar la experiencia pasada para fundamentar sus actos futuros. El tiempo hará vivir al tiempo y la vida servirá a la vida. En este campo a la vez limitado y atestado de posibilidades, todo le parece imprevisible en sí mismo y fuera de su lucidez. ¿Qué regla podría deducirse, por lo tanto, de este orden irrazonable?"

En un mundo irrazonable toda moral es relativa. Se trata simplemente de comprender y aceptar las consecuencias de nuestros actos dentro del ambiente social donde nos encontremos accidentalmente, pero no debemos sentir remordimiento por nada puesto que todo es el fondo indiferente. León o gacela tanto da que da lo mismo.

Por lo tanto el hombre absurdo vive como un espíritu que sólo anhela con agotarse. Personas cuyos pensamientos, lo mismo que sus vidas, carecen de porvenir. Y puesto que todo lo que hace trabajar y agitarse al hombre utiliza la esperanza. El único pensamiento que no es mentiroso es, por lo tanto, un pensamiento estéril. En el mundo absurdo, el valor de una noción o de una vida entera se mide por su infecundidad.

Ejemplos.

Camus nos relata en su libro al respecto varias imágenes prácticas pero avisa:

"¿Necesito desarrollar la idea de que un ejemplo no es forzosamente un ejemplo que hay que seguir (menos todavía, si es posible en el mundo absurdo), y que estas ilustraciones no son, por lo tanto, modelos? [...] resulta ridículo, salvadas las distancias, deducir de Rousseau que hay que caminar a cuatro patas y de Nietzsche que conviene maltratar a la propia madre.[...] Las actitudes de que se va a tratar no pueden adquirir todo su sentido si no se tienen en cuenta sus contrarias."

Esto quiere decir que ante un mundo absurdo tan válida es una actitud como su contraria siempre y cuando dichas personas vivan en su conciencia la falta de provenir de todos sus actos. Personas que comprendan el absurdo de sus acciones y que sólo aspiren a agotarse en ellas con rebeldía y con pasión. Ellos saben que todo está permitido con tal de que se esté dispuesto a pagar las consecuencias, y su sentida libertad absurda les indican que la única moral que deben admitir es la suya propia: "Si bien para él puede haber responsables, no hay culpables".

Huelga decir que el hombre absurdo no es un ser triste puesto que no espera nada del mundo, comprende los límites de su inteligencia y el porvenir que espera a todo ser: "Hasta la frontera de la muerte física ignora la tristeza. Desde el momento que sabe, su risa estalla y hace que se perdone todo. Era triste en la época en que esperaba [y desesperaba]".

Frente a la contradicción esencial defienden la contradicción humana. Instalan su lucidez consciente en medio de lo que la niega. Exaltan su ser ante el destino que lo aplasta y su libertad, su rebelión y su pasión se unen en esta tensión, esta clarividencia y esta repetición desmesurada: "Sí, el hombre es su propio fin. Y es su único fin". Al final de todo, y a pesar de todo, está la muerte. Lo saben, y saben también que lo termina todo. Observan frente a frente este destino y lo desafían, menos por orgullo que por la conciencia que tienen de su condición intrascendente.

Y como se ha dicho, ante un mundo absurdo tan válida es una actitud como su contraria, pero siempre que se haga desde la consciencia del absurdo. Veámoslo con un ejemplo:

El parásito.

En una barriada cercana a mi casa hay varias tabernas donde se reúnen gran cantidad de personas que no aspiran a nada a parte de consumir su ración de cerveza diaria. Los hay de todas las edades, y ciertamente son personas absurdas. Viven día tras día sin aspirar a nada, mucho menos a un trabajo. Se dejan llevar y simplemente agotan y apuran su tiempo a la espera de que éste termine. Se aprovechan del fruto del trabajo ajeno para disfrutar de sus propios caprichos (los cuales no cabe duda que gozan con pasión). Y se les ve reír, cantar, debatir, pelear; pero lo hacen como divertimento: ellos saben que el mundo no tiene solución. Agotan sus vidas sin sentido ni esperanza y sólo se levantan para exigir su ración diaria de "pan". ¿Es este parásito moralmente reprochable? Sólo para el que mantiene la esperanza, para el que aún cree en la eternidad, en el porvenir, en el sentido. Es decir, sólo para el hombre que aún no comprende la realidad absurda.

Pero este parásito sí es consciente del absurdo, y no va a consentir prestar importancia ni aprecio a ningún pretendido "Bien" social. Ríen con sorna ante aquellos que pretenden construir castillos de arena a la orilla del mar al mismo tiempo que le meten la mano en el bolsillo. 

Repitamos las palabras de Camus"[..] seguro de su libertad a plazo, de su rebelión sin porvenir y de su conciencia perecedera, prosiguen su aventura en el tiempo de su vida. En él está su campo, en él está su acción, que sustrae a todo juicio excepto el suyo". 

El obrero.

Pero también ese obrero que sabe que alimenta al parásito puede ser un hombre absurdo, tan sólo basta con que reconozca la inutilidad de sus actos. Este tipo de hombres van de casa a la oficina y de la oficina a casa en un ciclo sin fin. Pero lo hacen con una medio sonrisa en la cara. Comprenden lo infecundo de sus actos pero "se puede ser virtuoso por capricho". Este obrero absurdo sabe que representa una comedia, una pantomima que acabará pronto en la nada, pero no obstante se agota en su día a día. Ha hecho de su inútil trabajo una pasión. 

¿Es moralmente mejor el obrero al parásito? El obrero ajeno a lo absurdo lo siente así sin duda, pero sólo por el hecho de no haber despertado aún. Sin embargo el obrero absurdo sustrae él también todo juicio y reitera con honestidad que: "en la condición de intrascendencia que tiene todo en el hombre cualquier postura es moralmente equivalente".

Este mundo absurdo y sin dios se puebla entonces con hombres que piensan con claridad y que ya no esperan nada. "Hay una felicidad metafísica en la defensa de la absurdidad del mundo. [...] Se trata solamente de ser fiel a la regla del combate. Este pensamiento puede bastar para alimentar a un hombre: ha sostenido y sostiene a civilizaciones enteras. No se niega la guerra. Hay que morir o vivir de ella. Lo mismo sucede con lo absurdo: se trata de respirar con él, de reconocer sus lecciones y de volver a encontrar su carne".

El escritor.

"En el tiempo del razonamiento absurdo, la creación sigue a la indiferencia y al descubrimiento. Señala el punto desde el que se lanzan las pasiones absurdas y en el que se detiene el razonamiento. Así se justifica su lugar en este ensayo."

Y lo mismo que Camus también yo justifico este largo artículo del mismo modo. Se trata sólo de comunicar que a pesar de todo, querido lector: "todo está bien". 

El mito de Sísifo.

"Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.[...] Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volver a subirla hasta las cimas, y baja de nuevo a la llanura."



"[...] Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su miserable condición: en ella piensa durante su descenso."

Creo que no es necesario decir que todos nosotros somos como Sísifo. El obrero que cada día carga con la piedra de ese monótono trabajo, pero también el parásito que cada día debe buscar esas migajas con las que seguir su camino. El hombre es el proletario de este mundo absurdo donde ha tomado conciencia. Pero "la clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo
tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con el desprecio".

Aquellos hombres que despiertan de verdad ante el absurdo son los que logran con su lucidez vencer a su fatal destino. El hombre absurdo logra derrotar así el tormento mediante su propio reconocimiento consciente.

"Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poder sobrellevarla.Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes pueden ser reconocidas."

Y es el propio reconocimiento del destino absurdo como ya vimos fuente de liberación: "todo está bien, no hay nada de qué preocuparse". Se reconoce que la humanidad es lo único que nos une al mundo, lo único que se comprende. Este hecho "resuena en el universo feroz y limitado del hombre[...] Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y la aflicción a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres".

Esa es la clave de la felicidad: ¡nuestro destino nos pertenece! Y Sísifo sonríe.

"Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo súbitamente devuelto a su silencio se elevan las mil vocecitas maravilladas de la tierra. Llamamientos
inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice "sí" y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos, no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha."

Creo que no se ha escrito en la historia de la filosofía palabras más reveladoras y sabias. En cada momento de nuestras vidas, cuando damos ese giro tras ver caer la roca, vislumbramos desde lo alto de la colina esos absurdos actos que todos realizamos cada día; pero comprendemos a la vez el origen humano de todo lo que es humano, y abrazamos con alegría el hecho de que somos libres: no hay Dios ni un destino superior, y sabemos que nuestros días están sellados por nuestra pronta muerte, ciegos dentro de este mundo irrazonable. La roca es nuestra vida, es nuestra cosa, y decimos "sí" con pasión a este destino perecedero e impuesto tras el nacimiento.    

Termina su gran ensayo Camus finalmente del siguiente modo:

"Y la roca sigue rodando. Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz."

El ideal del hombre absurdo es el presente y la sucesión de los presentes ante un alma sin cesar consciente donde todo comienza por la conciencia y nada vale sino por ella: "La única manera de lidiar con este mundo sin libertad [ni esperanza o porvenir] es volverte tan absolutamente libre que tu mera existencia sea un acto de rebelión".

Conclusión.

Una piedra es todo lo que tenemos en la vida. Y la arrastramos una y otra vez hacia la cima de esa montaña que es nuestro destino. En el fondo todo se fundamenta en realizar un trabajo físico con el que consumir energía conforme aumentamos la energía potencial gravitatoria de la roca: luego la roca cae y el mundo termina con menos energía libre que se ve convertida en calor. Ese es el destino del hombre y del mundo entero en realidad: todo fenómeno en el Universo se identifica con el mito de Sífifo, una tendencia cíclica natural en pos de un irrazonable y extraño fin termodinámico.

Y es cegados ante la controversia sobre la razón última que pudiera tener esta teleología (que no teología) natural, como finalmente descubrimos lo que somos en realidad: un simple medio con el que levantar una roca (como diría Alan Watts: tubos que tragan cosas por delante y las echan por detrás). Al mismo tiempo comprendemos que jamás conoceremos razón alguna más allá de lo inhumano de este destino; y es así como llegamos la tragedia. Pero también alacanzamos la libertad y la rebelión apasionada. Una vez vislumbrada la absurda meta que se nos encomienda no la rechazamos con cobardía, sino que la abrazamos con pasión, la vivimos hasta agotarnos en el propio dolor del presente y la sucesión de los presentes. ¡Y lo hacemos con alegría! La alegría del que se rebela y denuncia con constancia una injusticia, incluso a pesar de que sabe que tal lucha no tiene porvenir y que nadie la escuchará. Es un mero acto de repudio continuo que llevaremos vivo en nuestra consciencia todo el tiempo que podamos hasta caer derrotados y aplastados por los años.

¡Esclavos de un destino natural absurdo y ajeno a la razón, un destino incomprensible y condenado desde el propio principio, nos manifestaremos hasta el final contra el sinsentido del mundo mediante un apasionado grito de rebeldía y tragedia! Y sonreiremos, lo haremos en cada momento que demos la vuelta y bajemos a repetir este imbécil ciclo insustancial: ¡qué liberación para la razón reconocer que todo está bien, que nada merece nuestro aprecio porque nada es importante: todo está permitido! Para un mundo irrazonable la moral razonada es un apéndice relativo; todo es legítimo con tal de que se acepten las consecuencias. Por lo tanto levantaremos la piedra una y otra vez, y lo haremos de cualquier manera tal es la libertad que nos enseña el absurdo. 

Así pues no negaremos el absurdo con el abandono existencial voluntario, ¡No! Se trata de morir irreconciliado y no de buena gana. Puesto que nuestra muerte se encuentra de todas formas sellada, se trata de morir agotados tras una larga vida de protesta consciente. ¡Yo no pedí ésto y no entiendo las razones, pero ya que se me da la roca la haré mía, la levantaré y la arrastraré mientras mi consciencia se agota en una denuncia sin porvenir! Hare de mi existencia un puro acto de rebelión: seré razón dentro de la sinrazón, seré pese a que no entiendo el sentido del ser, y viviré feliz con el único conocimiento que mi espíritu puede alcanzar: que todo está bien, que nada es importante y que no hay destino que no se venza con el desprecio.

¡Qué desapego tan liberador! Continúa así con tu vida diaria, pero ríete de los aspavientos vehementes de los que aún tienen esperanzas y aspiran a la eternidad. Sonríe con mofa ante aquel y ante aquello que te pretenda molestar dando significado a ciertos actos en un mundo donde todo es insignificante. Nada puede afectar al que nada aprecia, y precisamente este desdén es el que nos permite y ayuda a continuar con alegría este inútil viaje existencial cuyo absurdo denunciaremos siempre a través de nuestra consciencia hasta que llegue el último de nuestros suspiros.