miércoles, 16 de diciembre de 2015

Sobre la obra "Del sentimiento trágico de la vida", de Miguel de Unamuno

"El filósofo, antes que filósofo es hombre, necesita vivir para poder filosofar, y de hecho filosofa para vivir. Y suele filosofar, o para resignarse a la vida, o para buscarle alguna finalidad, o para divertirse y olvidar penas, o por deporte y juego"
(Miguel de Unamuno)

"Del sentimiento trágico de la vida", es un destacado ensayo filosófico de Miguel de Unamuno, publicado en 1913. Es de los pocos tratados religiosos que he llegado a leer y releer con gusto, y me gustaría a continuación introducir los fragmentos que más me han llamado la atención, seguidos de un pequeño comentario personal mío. La obra merece sin embargo que la leáis completa (se puede descargar de modo gratuito desde aquí):

Una de las primeras citas que llaman enseguida la atención del trabajo es la siguiente:
"La vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción."
Esto lo sentimos todos en nuestro quehacer diario: la vida es lucha, lucha para conseguir recursos con los que mantenernos y mantener a los nuestros, la vida es lucha contra las enfermedades, contra la vejez, contra los otros que intentan quitarnos lo que tenemos; la vida es una lucha constante, y sin embargo no hay premio ni victoria para tanta vehemencia y tanto sufrimiento: nuestros actos y el fruto de todo nuestro afán desaparecerán en el tiempo conforme muramos primero nosotros y luego aquellos que nos pudieran recordar. La vida es de esta manera tragedia, y es contradicción en cuanto que no podemos evitar continuar en la lucha a pesar del conociendo racional de este sinsentido.

Y comienza a continuación Unamuno afirmando que "el hombre es un fin, no un medio. La civilización toda se endereza al hombre, a cada hombre, a cada yo. ¿O qué es ese ídolo, llámese Humanidad o como se llamare, a que se han de sacrificar todos y cada uno de los hombres? Porque yo me sacrifico por mis prójimos, por mis compatriotas, por mis hijos, y estos a su vez por los suyos, y los suyos por los de ellos, y así en serie inacabable de generaciones. ¿Y quién recibe el fruto de ese sacrificio? Los mismos que nos hablan de ese sacrificio fantástico, de esa dedicación sin objeto, suelen también hablarnos del derecho a la vida. ¿Y qué es el derecho a la vida? Me dicen que he venido a realizar no sé qué fin social; pero yo siento que yo, lo mismo que cada uno de mis hermanos, he venido a realizarme, a vivir. Sí, sí, lo veo; una enorme actividad social, una poderosa civilización, mucha ciencia, mucho arte, mucha industria, mucha moral, y luego, cuando hayamos llenado el mundo de maravillas industriales, de grandes fábricas, de caminos, de museos, de bibliotecas, caeremos agotados al pie de todo esto, y quedará ¿para quién? ¿Se hizo el hombre para la ciencia o se hizo la ciencia para el hombre?" 

Y es que son muchos los que pretenden dar fin racional a su lucha a través de la sociedad, pretender poner el premio o la esperanza en eso que se llama "Humanidad"; pero bien nos muestra Unamuno que eso es absurdo. Más pronto que tarde lo que se conoce como hombre desaparecerá del mundo debido a alguna catástrofe natural (o artificial), y entonces finalizará la cadena de generaciones, y ¿quién disfrutará entonces del fruto de tanto sacrificio pasado? Nadie ni nada. Cualquier logro (ciencia, arte, o lo que sea) de nuestra maravillosa civilización terminará en nada en cuanto el ser humano deje la existencia (y no quepa duda que lo hará, incluso aunque haya que esperar a la muerte térmica del Universo).

Sí, la vida es tragedia. Y es tragedia porque no sólo nuestro sacrificio como hombre sea en vano, sino porque además lo comprendemos; intuimos que nuestra vida es un sacrificio absurdo y a la vez inevitable, un sinsentido que no somos libres para no seguir. Pero no sólo se detecta tragedia, sino también contradicción: el autor reconoce un paradójico sentimiento que le aparece como salido del "corazón":

"No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia."

A pesar de la tragedia racional, el autor siente que ansía la eternidad. A pesar de reconocer la inexistencia de cualquier tipo de recompensa ante toda la lucha y el dolor, no quiere dejar de ser. Y esto es algo que nos ocurre a todos, aún cuando no lo reconozcamos: todos ansiamos vivir todo lo posible (y por eso ninguno vamos corriendo inmediatamente hacia un puente y nos lanzamos). Ninguno de nosotros puede imaginarse como no siendo, y de hecho sentimos como trágico el hecho de que alguien muera (tanto peor cuanto más cercana sea la persona fenecida). Decimos que nos resignamos a la mortalidad, pero no es cierto. Si por nosotros fuera nunca enfermaríamos hasta morir. Lo que pone de evidencia la contradicción suprema: el hecho de que ¡buscamos una eterna existencia, una eterna tragedia sin sentido ni finalidad! En palabras del filósofo:

"Si la conciencia no es, como ha dicho algún pensador inhumano, nada más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia. Alguien podrá ver un fondo de contradicción en todo cuanto voy diciendo, anhelando unas veces la vida inacabable, y diciendo otras que esa vida no tiene el valor que se le da. ¿Contradicción? ¡Ya lo creo! ¡La de mi corazón, que dice que sí, mi cabeza, que dice no! Contradicción, naturalmente. [...] ¡Contradicción!,  naturalmente! Como que sólo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción. Se trata, como veis, de un valor afectivo, y contra los valores afectivos no valen razones. Porque las razones no son nada más que razones, es decir, ni siquiera son verdades."

Como se puede ver en nuestro día a día: no sólo vivimos de contradicciones, sino también por ellas. Lo cual se aplica (se quiera o no), a todos y cada uno de los hombres ya vividos,  y se aplicará sin remedio a los que tengan por venir.

Y bien nos insiste una y otra vez Unamuno en lo absurdo de este pretendido sacrificio llamado vida que, primero nos auto-infligimos nosotros mismos, y que luego también nos exigen los demás (aquellos que acusan de egoísmo e individualismo al que no ve premio más allá del que pueda recibir en su propia persona), todo en pos de un pretendido (e hipócrita) "Bien" social:

"Quitad la propia persistencia, y meditad lo que os dicen. ¡Sacrifícate por tus hijos! Y te sacrificarás por ellos, porque son tuyos, parte prolongación de ti, y ellos a su vez se sacrificarán por los suyos, y estos por los de ellos, y así irá, sin término, un sacrificio estéril del que nadie se aprovecha. Vine al mundo a hacer mi yo, y ¿qué será de nuestros yos todos? ¡Vive para la Verdad, el Bien, la Belleza! Ya veremos la suprema vanidad, y la suprema insinceridad de esta posición hipócrita."

Pero volvamos a la segunda parte de la ecuación: pongamos la mirada de nuevo en ese ansia de eternidad que todos compartimos:

"Y vienen queriendo engañarnos con un engaño de engaños, y nos hablan de que nada se pierde, de que todo se transforma, muda y cambia, que ni se aniquila el menor cachito de materia ni se desvanece del todo el menor golpecito de fuerza, ¡y hay quien pretende darnos consuelo con esto! ¡Pobre consuelo! Ni de mi materia ni de mi fuerza me inquieto, pues no son mías mientras no sea yo mismo mío, esto es, eterno. No, no es anegarse en el gran Todo, en la Materia o en la Fuerza infinitas y eternas o en Dios lo que anhelo; no es ser poseído por Dios, sino poseerle, hacerme yo Dios sin dejar de ser el yo que ahora os digo esto. No nos sirven engañifas de monismo; queremos bulto y no sombra de inmortalidad. [...] ¿Materialismo? ¿Materialismo decís? Sin duda; pero es que nuestro espíritu es también alguna especie de materia o no es nada. Tiemblo ante la idea de tener que desgarrarme de mi carne; tiemblo más aún ante la idea de tener que desgarrarme de todo lo sensible y material, de toda sustancia. Si, acaso esto merece el nombre de materialismo, y si a Dios me agarro con mis potencias y mis sentidos todos, es para que Él me lleve en sus brazos allende la muerte, mirándome con su cielo a los ojos cuando se me vayan estos a apagar para siempre. ¿Que me engaño? ¡No me habléis de engaño y dejadme vivir!"

Con qué honestidad y valentía habla Unamuno. No, no vale cualquier eternidad, no nos engañemos. Anhelamos una eterna existencia de nuestro yo tal y como es hoy día. Si nos deshacemos de todo lo sensible y lo material, no quedará nada de nuestra actual persona, nada de nuestro ser, nada del hombre que somos: y es que de esta manera no podemos decir que sea nuestro yo lo que permanece en la existencia. Es evidente que no es  esa la eternidad que todos deseamos.

"[...]quiénes somos, viles gusanos de la tierra, para pretender inmortalidad; ¿en gracia a qué? ¿Para qué? ¿Con qué derecho? ¿En gracia a qué?, preguntáis, ¿y en gracia a qué vivimos? ¿Para qué?, ¿y para qué somos? ¿Con qué derecho? ¿Y con qué derecho somos? Tan gratuito es existir, como seguir existiendo siempre. No hablemos de gracia, ni de derecho, ni del para qué de nuestro anhelo que es un fin en sí, porque perderemos la razón en un remolino de absurdos. No reclamo derecho ni merecimiento alguno; es sólo una necesidad, lo que necesito para vivir. ¿Y quién eres tú?, me preguntas, y con Obermann te contesto: ¡para el universo nada, para mí todo!"

Sí, es una necesidad. Necesitamos realmente creernos inmortales, aunque sepamos que no lo somos. Nadie puede imaginarse que pueda morir al día siguiente, aún cuando comprenda que en cualquier momento un accidente puede terminar con su vida: la vida sería insoportable si realmente aceptáramos la verdadera levedad del ser.

Y no queda duda de que Unamuno cree realmente en la inmortalidad de su yo. Pero el propio autor se lamenta honestamente de lo débil de tener que cimentar su creencia en una necesidad (cosa que pocos creyentes reconocen):

"Trágico hado, sin duda, el tener que cimentar en la movediza y deleznable piedra del deseo de inmortalidad la afirmación de esta; pero torpeza grande condenar el anhelo por creer probado, sin probarlo que no sea conseguidero. ¿Que sueño...? Dejadme soñar; si ese sueño es mi vida, no me despertéis de él. Creo en el inmortal origen de este anhelo de inmortalidad que es la sustancia misma de mi alma."

Necesitamos la inmortalidad de nuestra persona. Deseamos que nuestro yo personal nunca muera, o; en su defecto, que sobreviva a la muerte. Lo anhelamos con todas nuestras fuerzas, pero no tenemos ninguna prueba de que esta necesidad se pueda saciar.

Sin embargo, es evidente que no todos nos dejamos seducir por el encanto del deseo:

"Los sensatos, los que no están a dejarse engañar, y nos machacan los oídos con el sonsonete de que no sirve entregarse a la locura y dar coces contra el aguijón, pues lo que no puede ser es imposible. Lo viril, dicen, es resignarse a la suerte, y pues no somos inmortales, no queramos serlo; sojuzguémonos a la razón sin acongojarnos por lo irremediable, entenebreciendo y entristeciendo la vida. Esa obsesión, añaden, es una enfermedad. Enfermedad, locura, razón... ¡el estribillo de siempre! Pues bien: ¡no! No me someto a la razón y me rebelo contra ella, y tiro a crear en fuerza de fe a mi Dios inmortalizador y a torcer con mi voluntad el curso de los astros."

Este es el cenit de la obra que tratamos: la rebeldía contra la razón. La razón dice que no, y muestra una evidencia empírica tras otra sobre nuestra mortalidad material...pero eso no vale por sí sólo para refutar sin lugar a dudas afirmaciones trascendentales. Y si la razón no sirve para apoyar una creencia, pero tampoco tiene fuerza suficiente para demostrar su imposibilidad: ¡reneguemos de esta razón!

Pero en realidad es que nadie se resigna a la mortalidad. Aún aquel que pretende aparentar fortaleza reconociendo su mortalidad, no hace sino consolar su anhelo de inmortalidad personal mediante remedios alternativos para ese mal metafísico que todos padecemos (incluso aquellos débiles disfrazados de fuertes):

"Sólo los débiles se resignan a la muerte final, y sustituyen con otro el anhelo de inmortalidad personal. En los fuertes, el ansia de perpetuidad sobrepuja a la duda de lograrla y su rebose de vida se vierte al más allá de la muerte. Ante este terrible misterio de la inmortalidad, cara a cara de la Esfinge, el hombre adopta distintas actitudes y busca por varios modos consolarse de haber nacido. Y ya se le ocurre tomarla a juego, y se dice con Renán, que este universo es un espectáculo que Dios se da a sí mismo, y que debemos servir las intenciones del gran Corega, contribuyendo a hacer el espectáculo lo más brillante y lo más variado posible. Y han hecho del arte una religión y un remedio para el mal metafísico, y han inventado la monserga del arte por el arte. Y no les basta. El que os diga que escribe, pinta, esculpe o canta para propio recreo, si da al público lo que hace, miente; miente si firma su escrito, pintura, estatua o canto. Quiere, cuando menos, dejar una sombra de su espíritu, algo que le sobreviva."

Se trata de dejar sombra: de dejar un rastro de nuestra persona, algo que nos sobreviva de cualquier modo. Nos afanamos en buscar de entre multitud de formas posibles el mejor modo de dejar un rastro duradero de nuestro paso por la existencia:

"Cuando las dudas invaden y nublan la fe en la inmortalidad del alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y la fama. Y de aquí esa tremenda lucha por singularizarse, por sobrevivir de algún modo en la memoria de los otros y los venideros, esa lucha mil veces más terrible que la lucha por la vida, y que da tono, color y carácter a esta nuestra sociedad[...]"

"Y vuelven a molernos los oídos con el estribillo aquel de ¡orgullo!, ¡hediondo orgullo! ¿Orgullo querer dejar nombre imborrable? ¿Orgullo? Es como cuando se habla de sed de placeres, interpretando así la sed de riquezas. No, no es tanto ansia de procurarse placeres cuanto el terror a la pobreza lo que nos arrastra a los pobres hombres a buscar el dinero, como no era el deseo de gloria, sino el terror al infierno lo que arrastraba a los hombres en la Edad Media al claustro con su acedía. Ni esto es orgullo, sino terror a la nada. Tendemos a serlo todo, por ver en ello el único remedio para no reducirnos a nada. Queremos salvar nuestra memoria, siquiera nuestra memoria. ¿Cuánto durará? A lo sumo lo que durase el linaje humano. ¿Y si salváramos nuestra memoria en Dios?"

Es, por cierto, este innegable terror a la nada el que nos ata a todos a la existencia; el que nos arrebata la voluntad para abandonarla a nuestro antojo o para renegar del deseo de su continuidad.

Y como vemos hay muchas formas de saciar nuestra inevitable sed de inmortalidad, siendo, por supuesto, la fuente religiosa un recurso utilizado casi desde el mismo origen de la humanidad:

"Esa sed de vida eterna apáganla muchos, los sencillos sobre todo, en la fuente de la fe religiosa; pero no a todos es dado beber de ella. La institución cuyo fin primordial es proteger esa fe en la inmortalidad personal del alma es el catolicismo; pero el catolicismo ha querido racionalizar esa fe haciendo de la religión teología[...] Vengamos ahora a la solución cristiana católica, pauliniana o atanasiana, de nuestro íntimo problema vital: el hambre de inmortalidad."

A partir de esta reflexión. se dispone Unamuno a dedicar un capítulo completo a describir con brevedad, pero con mucha contundencia y claridad, la esencia del catolicismo. Ignoraré aquí la argumentación completa que hace el autor, y me quedaré con la conclusión final que hace:

"La solución católica de nuestro problema, de nuestro único problema vital, del problema de la inmortalidad y salvación eterna del alma individual, satisface a la voluntad, y, por lo tanto, a la vida; pero al querer racionalizarla con la teología dogmática, no satisface a la razón. Y esta tiene sus exigencias, tan imperiosas como las de la vida. No sirve querer forzarse a reconocer sobrerracional lo que claramente se nos aparece contrarracional, ni sirve querer hacerse carbonero el que no lo es. La infalibilidad, noción de origen helénico, es en el fondo una categoría racionalista."

Por lo tanto, dada la importancia de lo racional en todo este asunto, el filósofo determina que debe centrarse a continuación en la "la solución, o mejor, disolución, racionalista o científica de nuestro problema". Se comienza esta disertación comentando lo siguiente:

"[..]queda en pie la afirmación escéptica de Hume, y no hay manera alguna de probar racionalmente la inmortalidad del alma. Hay, en cambio, modos de probar racionalmente su mortalidad. Sería, no ya excusado, sino hasta ridículo, el que nos extendiésemos aquí en exponer hasta qué punto la conciencia individual humana depende de la organización del cuerpo, cómo va naciendo, poco a poco, según el cerebro recibe las impresiones de fuera, cómo se interrumpe temporalmente, durante el sueño, los desmayos y otros accidentes, y cómo todo nos lleva a conjeturar racionalmente que la muerte trae consigo la pérdida de la conciencia. Y así como antes de nacer no fuimos ni tenemos recuerdo alguno personal de entonces, así después de morir no seremos. Esto es lo racional. Lo que llamamos alma no es nada más que un término para designar la conciencia individual en su integridad y su persistencia; y que ella cambia, y que lo mismo que se integra se desintegra, es cosa evidente."

Esto es lo racional. La creencia en que la persistencia e integridad de nuestro yo, se basa en el cerebro y las impresiones o sensaciones que recibe. Que después de morir perderemos la conciencia del mismo modo que antes de nacer no la poseíamos.

Y "es menester ponerlo todo en claro, y la verdad es que eso que llamamos materialismo no quiere decir para nosotros otra cosa que la doctrina que niega la inmortalidad del alma individual, la persistencia de la conciencia personal después de la muerte. En otro sentido, cabe decir que como no sabemos más lo que sea la materia que el espíritu, y como eso de la materia no es para nosotros más que una idea, el materialismo es idealismo. De hecho y para nuestro problema -el más vital, el único de veras vital-, lo mismo da decir que todo es materia como que es todo idea, o todo fuerza, o lo que se quiera."

Y además, "el concepto de sustancia nació, ante todo y sobre todo, del concepto de la sustancialidad del alma, y se afirmó este para apoyar la fe en su persistencia después de separada del cuerpo. Tal es su primera aplicación pragmática y con ella su origen. Y luego hemos trasladado ese concepto a las cosas de fuera. Por sentirme sustancia, es decir, permanente en medio de mis cambios, es por lo que atribuyo sustancialmente a la gente que fuera de mí, en medio de sus cambios, permanece. Del mismo modo que el concepto de fuerza, en cuanto distinto del movimiento, nace de mi sensación de esfuerzo personal al poner en movimiento algo."

"Y si la creencia en la inmortalidad del alma no ha podido hallar comprobación empírica racional, tampoco le satisface el panteísmo. Decir que todo es Dios, y que al morir volvemos a Dios, mejor dicho seguimos en Él, nada vale a nuestro anhelo; pues si es así, antes de nacer, en Dios estábamos, y si volvemos al morir adonde antes de nacer estábamos, el alma humana, la conciencia individual, es perecedera. Y como sabemos muy bien que Dios, el Dios personal y consciente del monoteísmo cristiano, no es sino el productor, y sobre todo el garantizador de nuestra inmortalidad, de aquí que se dice, y se dice muy bien, que el panteísmo no es sino un ateísmo disfrazado."

Por lo tanto, en resumen:

"Por cualquier lado que la cosa se mire, siempre resulta que la razón se pone enfrente de nuestro anhelo de inmortalidad personal, y nos le contradice." y, "la ciencia podrá satisfacer, y de hecho satisface en una medida creciente, nuestras crecientes necesidades lógicas o mentales, nuestro anhelo de saber y conocer la verdad, pero la ciencia no satisface nuestras necesidades afectivas y volitivas, nuestra hambre de inmortalidad, y lejos de satisfacerla, contradícela. La verdad racional y la vida están en contraposición ¿Y hay acaso otra verdad que la verdad racional?"

Sin embargo,"esos límites, dentro de los cuales digo que la razón humana prueba esto, son los límites de la racionalidad, de lo que conocemos comprobadamente [empíricamente]. Fuera de ellos está lo irracional, que es lo mismo que se llame sobrerracional que infrarracional o contrarracional; fuera de ellos está el absurdo de Tertuliano, el imposible del certum est, quia impossibile est. Y este absurdo no puede apoyarse sino en la más absoluta incertidumbre"

Y esto es así. La argumentación racional siempre termina abocada a sus propios límites, los cuales rápidamente alcanza, y a partir de los cuales nada más se puede saber. La razón termina en la propia aniquilación de la razón misma: la sucesión en todo estudio causal siempre va a terminar en el escepticismo, en el límite de lo refutable. Porque ¿qué son esas extrañas fuerzas naturales que empujan a los cuerpos (a pesar de que se comprenda bien el modo -el cómo- de su funcionar)? ¿Qué es en sí la materia de un cuerpo, o en qué consiste ser eso que se llama energía (a parte de ser un concepto o idea)? ¿Qué hay detrás de esa aparente relación causal entre fenómenos? En palabras de Unamuno:

"La disolución racional termina en disolver la razón misma, en el más absoluto escepticismo, en el fenomenalismo de Hume o en el contingencialismo absoluto de Stuart Mill, este el más consecuente y lógico de los positivistas. El triunfo supremo de la razón, facultad analítica, esto es, destructiva y disolvente, es poner en duda su propia validez."

Sin duda el mayor mérito de la facultad analítica del hombre es el de reconocer sus propios límites; el comprender y aceptar la duda de todas sus argumentaciones. Y gran parte del mérito se debe, como no, al gran maestro David Hume; padre del escepticismo más formal, el cual trajo a la humanidad la argumentación más contundente en favor de sus propios límites. E incluso el errado y desesperado intento de Kant por sobreponerse a esta duda generalizada, terminó a su pesar en la rendición trascendental; en reconocer que la esencia del fenómeno es irreconocible; en una crítica desde la razón, mediante la cual se comprueba que la propia razón es incapaz de dar cuenta de otra cosa que no sea el fenómeno.

"Cuando hay una úlcera en el estómago acaba este por digerirse a sí mismo. Y la razón acaba por destruir la validez inmediata y absoluta del concepto de verdad y del concepto de necesidad. Ambos conceptos son relativos; ni hay verdad ni hay necesidad absoluta. Llamamos verdadero a un concepto que concuerda con el sistema general de nuestros conceptos todos; verdadera a una percepción que no contradice al sistema de nuestras percepciones; verdad es coherencia. Y en cuanto al sistema todo, al conjunto, como no hay fuera de él nada para nosotros conocido, no cabe decir que sea o no verdadero."

Y esto es un hecho: nadie, ni el más radical de los científicos, puede pretender conocer verdad o falsedad de aquello de lo que no tiene percepción; siendo realmente ridículas ciertas propuestas filosóficas actuales que pretenden erróneamente evidenciar como científicas argumentaciones descaradamente metafísicas y especulativas (las cuales se toman absurdamente en serio, por provenir de reputados científicos -valga de ejemplo el famoso libro de Stephen Hawking-).

Por lo tanto, y he aquí la cuestión de todo lo tratado:

"Ni el sentimiento logra hacer del consuelo verdad, ni la razón logra hacer de la verdad consuelo; pero esta segunda, la razón, procediendo sobre la verdad misma, sobre el concepto mismo de realidad, logra hundirse en un profundo escepticismo. Y en este abismo encuéntrase el escepticismo racional con la desesperación sentimental [...] Ni, pues, el anhelo vital de inmortalidad humana halla confirmación racional, ni tampoco la razón nos da aliciente y consuelo de vida y verdadera finalidad a esta. Mas he aquí que en el fondo del abismo se encuentran la desesperación sentimental y volitiva y el escepticismo racional frente a frente, y se abrazan como hermanos."

Este es el abismo en el que todos nos encontramos lo reconozcamos o no. Esta frase describe mejor que ninguna el sentimiento trágico de la vida: el desconsuelo ante el dolor y el sufrimiento. Un abismo en el que se encuentra el creyente, que en el fondo de su corazón duda (hecho que incluso reconoce el Evangelio: «¡Señor, creo; ayuda a mi incredulidad!»), pero también el científico (o pensador racional) que debe reconocer que todo termina eventualmente en la duda supra fenoménica (so pena de ser incongruente):

"En un escondrijo, el más recóndito del espíritu, sin saberlo acaso el mismo que cree estar convencido de que con la muerte acaba para siempre su conciencia personal, su memoria, en aquel escondrijo le queda una sombra, una vaga sombra de sombra de incertidumbre, y mientras él se dice: «ea, ¡a vivir esta vida pasajera, que no hay otra!», el silencio de aquel escondrijo le dice: «¡quién sabe!...». Cree acaso no oírlo, pero lo oye. Y en un repliegue también del alma del creyente que guarde más fe en la vida futura, hay una voz tapada, voz de incertidumbre, que le cuchichea al oído espiritual: «¡quién sabe!...». Son estas voces acaso como el zumbar de un mosquito cuando el vendaval brama entre los árboles del bosque; no nos damos cuenta de ese zumbido y, sin embargo, junto con el fragor de la tormenta, nos llega al oírlo. ¿Cómo podríamos vivir, si no, sin esa incertidumbre?"

Y quien diga que nunca sintió esta incertidumbre tras su creencia, miente (tanto el más racional, como el más creyente). A partir de todo esto, Unamuno sienta la siguiente base lógica: "El escepticismo, la incertidumbre, última posición a que llega la razón ejerciendo su análisis sobre sí misma, sobre su propia validez, es el fundamento sobre que la desesperación del sentimiento vital ha de fundar su esperanza". Por lo tanto, el filósofo pretende hacer uso de lo que él llama: "un escepticismo salvador".

Pero no es este autor el típico pensador que intenta introducir, gracias a la duda, cualquier idea que satisfaga al consuelo. No le vale cualquier cosa con tal de pretender la inmortalidad del hombre, sino que se afana en proponer el tipo de vida eterna que le es deseable de la que no:

"Y la más fuerte base de la incertidumbre, lo que más hace vacilar nuestro deseo vital, lo que más eficacia da a la obra disolvente de la razón, es el ponernos a considerar lo que podría ser una vida del alma después de la muerte. Porque aun venciendo, por un poderoso esfuerzo de fe, a la razón que nos dice y enseña que el alma no es sino una función del cuerpo organizado, queda luego el imaginarnos que pueda ser una vida inmortal y eterna del alma. En esta imaginación las contradicciones y los absurdos se multiplican y se llega, acaso, a la conclusión de Kierkegaard, y es que si es terrible la mortalidad del alma, no menos terrible es su inmortalidad."

Y es justo en este punto, cuando la lectura de la obra va por la mitad; el momento en que el autor reconoce que lo que sigue en contenido es una visión muy personal del asunto, la solución "salvadora" subjetiva que él ha encontrado a través de esa incertidumbre detectada en la razón; el modo en que Unamuno consigue superar, renunciando a la objetividad, el abismo que tan bien nos hizo vislumbrar:

"He traído aquí al lector que ha tenido la paciencia de leerme al través de una serie de dolorosas reflexiones, y procurando siempre dar a la razón su parte y dar también su parte al sentimiento. No he querido callar lo que callan otros; he querido poner al desnudo, no ya mi alma, sino el alma humana, sea ella lo que fuere y esté o no destinada a desaparecer. Y hemos llegado al fondo del abismo."

"Ahora me queda el exponeros cómo, a mi sentir y hasta a mi pensar, esa desesperación puede ser base de una vida vigorosa, de una acción eficaz, de una ética, de una estética, de una religión y hasta de una lógica. Pero en lo que va a seguir habrá tanto de fantasía como de raciocinio; es decir, mucho más. No quiero engañar a nadie ni dar por filosofía lo que acaso no sea sino poesía o fantasmagoría, mitología en todo caso."

"El que busque razones, lo que estrictamente llamamos tales, argumentos científicos, consideraciones técnicamente lógicas, puede renunciar a seguirme."

Y así hago yo. Renuncio a seguir divulgando el contenido del libro, porque no puedo permitirme primero creer, y luego difundir subjetivas ideas personales fruto del desconsuelo. De igual manera, hay que decir, que no puedo personalmente seguir ninguna fe religiosa concreta, por muchos seguidores que ésta tenga, puesto que ahora comprendo (como bien nos ha expresado Unamuno) que el origen de todas ellas es la desesperación ante la realidad trágica del mundo; y que la propuesta "salvadora" que todas exponen es en el fondo siempre algo contingente, algo relativo a la persona concreta que inventó y escribió en un momento dado la mitología concreta que consistió en ser su solución.

Es no obstante decisión del lector de este blog el continuar o no por su cuenta la lectura de la obra completa de este gran escritor español, aunque lo que realmente tiene mérito, en mi opinión, es lo contado en este artículo: la claridad y la calidad literaria con la que el autor detecta este sentir trágico que respiramos cada día en el mundo, y el hecho de exponer con tanta honestidad que no hay salvación racional al asunto.

Por mi parte, a día de hoy; y por si a alguien le interesa conocer mi creencia personal sobre el asunto, tengo que reconocer que se corresponde bastante bien con las siguientes palabras del fenomenal Leopardi (a pesar de mi sentimiento vital como diría Unamuno):

«Tiempo llegará en que este Universo y la Naturaleza misma se habrán extinguido. Y al modo de grandísimos reinos e imperios humanos y sus maravillosas acciones que fueron en otra edad famosísimas no queda hoy ni señal ni fama alguna, así igualmente del mundo entero y de las infinitas vicisitudes y calamidades de las cosas creadas no quedará ni un solo vestigio, sino un silencio desnudo y una quietud profundísima llenarán el espacio inmenso. Así este arcano admirable y espantoso de la existencia universal, antes de haberse declarado o dado a entender, se extinguirá y perderáse.»

Esta es mi creencia; esta mi desesperación: la del (insalvable) sentimiento trágico de la vida.

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