sábado, 26 de diciembre de 2015

¿Por qué se suicida la gente?


No voy a entrar en este artículo sobre las causas psicológicas que pueden llevar a las personas al suicidio, entre otras cosas porque es un tema controvertido y en realidad aún poco claro. Por contra, voy a centrarme en intentar dilucidar lo que se podría entender como las posibles causas fisiológicas que podrían permitir esta auto-lesión, que va directamente en contra nuestro instinto directo de conservación.

En este sentido, me voy a basar en mi argumentación completamente en el trabajo de Denys de Catanzaro, un investigador de la Universidad McMaster, en Canadá. El trabajo en concreto es el siguiente: http://www.ehbonline.org/article/0162-3095(91)90010-N/abstract, y podéis descargar el paper de un modo gratuito desde aquí.

Incluso antes de leer este trabajo, ya tenía preconcebida la siguiente hipótesis sobre el asunto:

¿Podría ser el suicidio un acto programado evolutivamente al estilo de la apoptosis celular? Es decir; que sea un mecanismo instalado a priori por el proceso evolutivo, el cual se "active" de modo autónomo cuando un organismo (en este caso un hombre) se "sienta" (no necesariamente de un modo racional) perjudicial para los fines evolutivos.

Y fue tras leer este fenomenal (como siempre) artículo en el blog Evolución y Neurociencias, cuando Pitiklinov me recomendó leer el trabajo de De Catanzaro, que finalmente resulta ir muy en la línea de esa hipótesis de partida que llevaba tiempo rumiando.

Voy a continuación a hacer un pequeño comentario de divulgación sobre este importante (en mi opinión) trabajo de investigación, pero para que podáis entender bien a fondo de lo que hablo, sería muy recomendable que leyeseis primero por vosotros mismos el trabajo.

Pues bien. Ciertamente, y tal y como explica De Catanzaro, sería muy sencillo desde una perspectiva evolucionista, que una serie de circuitos neuronales (instintivos) hayan aparecido para favorecer con su función: primero, una auto-interpretación de calidad (a partir de diversos inputs externos) de la capacidad efectiva del soma para favorecer la perpetuación de su línea germinal, y segundo: actuar cuando esta auto-interpretación sea muy negativa para inhibir por un lado el instinto de auto-conservación, y por otro incrementar la capacidad de auto-lesión (o auto-destrucción). Todo esto, que así dicho de prisa puede sonar complejo, es lo tratado extensamente en el paper a partir de un modelo matemático muy simple y claro.

No voy a entrar a explicar aquí a fondo este modelo, porque para eso os enlazo el trabajo original ;), pero sí quiero indicar brevemente, que todo el modelo se basa en el hecho de que es factible que ciertos organismos multicelulares dispongan de circuitos (heurísticos) neuronales capaces de estar atentos a lo óptimo que es el soma del individuo para favorecer los fines evolutivos de perpetuación, y que, en caso de que el individuo en cuestión no aporte nada directamente (capacidad residual de procreación casi nula) y de que tampoco lo haga indirectamente (mediante el cuidado y ayuda efectivo de seres con un parentesco lo suficientemente cercano), este heurístico "salte" y modifique ("intencionadamente") los niveles de ciertos neurotransmisores de modo que se facilite bastante la capacidad de auto-destrucción del organismo en cuestión (llegando incluso al suicidio).

Y es de destacar, por otra parte, la evidente equivalencia entre este modelo de De Catanzaro (que se basa en una ecuación fácilmente implementable, por cierto, en una red neuronal) y el modo en que ciertas células de un organismo multicelular realizan el proceso natural de apoptosis. Cuando una célula perjudica más que favorece al conjunto del cuerpo (que se puede entender como una sociedad cooperativa de células), este mecanismo automático de apoptosis se pone en marcha favoreciendo la auto-destrucción de la misma, y del mismo modo, es muy posible que cuando un soma completo "interprete" que perjudica más que favorece (resultado negativo en la ecuación del modelo de De Catanzaro) es lógico pensar que la evolución haya preparado un mecanismo similar que favorezca que ese soma completo (y no sólo ya una pequeña parte de él) también desaparezca cuanto antes. El modo en que tales heurísticos podrían evolucionar sería muy parecido al modo en que ciertos mecanismos reflejos lo hacen (como, por ejemplo; las "pequeñas" redes neuronales encargadas del movimiento reflejo que nos hacen apartar la mano de objetos muy calientes). Por lo tanto, este trabajo se correlaciona bastante bien con la hipótesis intuitiva que os comenté que ya tenía preconcebida, y de hecho, me ha hecho reafirmarme en mi creencia personal de que el suicidio (los actos de auto-destrucción personal, en general) pueden tener una base fisiológica muy fuerte y directa.

Es esta una perspectiva poco agradable para nosotros como personas, pero es una teoría muy interesante y viable biológicamente, la cual no es para nada descartable sin más  (insisto una vez más en lo sencillo que sería que una pequeña red neuronal se encargara en nuestro cerebro de calcular una ecuación similar a la del modelo propuesto, y de que cuando el resultado de su proceso fuese "negativo", se favoreciese una modificación en las sinapsis adecuadas para desencadenar un proceso de depresión y tendencia a la auto-destrucción).

Es más, quizás algún día (no necesariamente muy lejano) lleguemos a descubrir varias de tales redes impulsoras de comportamientos de auto-lesión conforme conozcamos mejor la tarea de todas esas pequeñas redes neuronales que poseen funciones propias y bien diferenciadas. Y por lo tanto, es bastante plausible que en algún momento comprendamos fisiológicamente el modo en que se desencadena un acto tan contraintuitivo como el del suicidio (al menos, tan bien como comprendemos el modo en que se desencadena la apoptosis celular).

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Edito. 22/01/2016

Acaba de salir un estudio muy actual que viene a reforzar todo lo dicho en esta entrada. En concreto se trata de este paper de Joiner, T. E., Hom, M. A., Hagan, C. R., Silva, C. titulado "Suicide as a Derangement of the Self-Sacrificial Aspect of Eusociality", y publicado en la Psychological Review (2016). DOI: 10.1037/rev0000020.

Este estudio de la Florida State University de EEUU viene a decir que las muertes por suicidio podrían compartir, en parte, su origen en la práctica del autosacrificio de los animales eusociales (entre los que se encuentra el hombre).


miércoles, 16 de diciembre de 2015

Sobre la obra "Del sentimiento trágico de la vida", de Miguel de Unamuno

"El filósofo, antes que filósofo es hombre, necesita vivir para poder filosofar, y de hecho filosofa para vivir. Y suele filosofar, o para resignarse a la vida, o para buscarle alguna finalidad, o para divertirse y olvidar penas, o por deporte y juego"
(Miguel de Unamuno)

"Del sentimiento trágico de la vida", es un destacado ensayo filosófico de Miguel de Unamuno, publicado en 1913. Es de los pocos tratados religiosos que he llegado a leer y releer con gusto, y me gustaría a continuación introducir los fragmentos que más me han llamado la atención, seguidos de un pequeño comentario personal mío. La obra merece sin embargo que la leáis completa (se puede descargar de modo gratuito desde aquí):

Una de las primeras citas que llaman enseguida la atención del trabajo es la siguiente:
"La vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción."
Esto lo sentimos todos en nuestro quehacer diario: la vida es lucha, lucha para conseguir recursos con los que mantenernos y mantener a los nuestros, la vida es lucha contra las enfermedades, contra la vejez, contra los otros que intentan quitarnos lo que tenemos; la vida es una lucha constante, y sin embargo no hay premio ni victoria para tanta vehemencia y tanto sufrimiento: nuestros actos y el fruto de todo nuestro afán desaparecerán en el tiempo conforme muramos primero nosotros y luego aquellos que nos pudieran recordar. La vida es de esta manera tragedia, y es contradicción en cuanto que no podemos evitar continuar en la lucha a pesar del conociendo racional este sinsentido.

Y comienza a continuación Unamuno afirmando que "el hombre es un fin, no un medio. La civilización toda se endereza al hombre, a cada hombre, a cada yo. ¿O qué es ese ídolo, llámese Humanidad o como se llamare, a que se han de sacrificar todos y cada uno de los hombres? Porque yo me sacrifico por mis prójimos, por mis compatriotas, por mis hijos, y estos a su vez por los suyos, y los suyos por los de ellos, y así en serie inacabable de generaciones. ¿Y quién recibe el fruto de ese sacrificio? Los mismos que nos hablan de ese sacrificio fantástico, de esa dedicación sin objeto, suelen también hablarnos del derecho a la vida. ¿Y qué es el derecho a la vida? Me dicen que he venido a realizar no sé qué fin social; pero yo siento que yo, lo mismo que cada uno de mis hermanos, he venido a realizarme, a vivir. Sí, sí, lo veo; una enorme actividad social, una poderosa civilización, mucha ciencia, mucho arte, mucha industria, mucha moral, y luego, cuando hayamos llenado el mundo de maravillas industriales, de grandes fábricas, de caminos, de museos, de bibliotecas, caeremos agotados al pie de todo esto, y quedará ¿para quién? ¿Se hizo el hombre para la ciencia o se hizo la ciencia para el hombre?" 

Y es que son muchos los que pretenden dar fin racional a su lucha a través de la sociedad, pretender poner el premio o la esperanza en eso que se llama "Humanidad"; pero bien nos muestra Unamuno que eso es absurdo. Más pronto que tarde lo que se conoce como hombre desaparecerá del mundo debido a alguna catástrofe natural (o artificial), y entonces finalizará la cadena de generaciones, y ¿quién disfrutará entonces del fruto de tanto sacrificio pasado? Nadie ni nada. Cualquier logro (ciencia, arte, o lo que sea) de nuestra maravillosa civilización terminará en nada en cuanto el ser humano deje la existencia (y no quepa duda que lo hará, incluso aunque haya que esperar a la muerte térmica del Universo).

Sí, la vida es tragedia. Y es tragedia porque no sólo nuestro sacrificio como hombre sea en vano, sino porque además lo comprendemos; intuimos que nuestra vida es un sacrificio absurdo y a la vez inevitable, un sinsentido que no somos libres para no seguir. Pero no sólo se detecta tragedia, sino también contradicción: el autor reconoce un paradójico sentimiento que le aparece como salido del "corazón":

"No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia."

A pesar de la tragedia racional, el autor siente que ansía la eternidad. A pesar de reconocer la inexistencia de cualquier tipo de recompensa ante toda la lucha y el dolor, no quiere dejar de ser. Y esto es algo que nos ocurre a todos, aún cuando no lo reconozcamos: todos ansiamos vivir todo lo posible (y por eso ninguno vamos corriendo inmediatamente hacia un puente y nos lanzamos). Ninguno de nosotros puede imaginarse como no siendo, y de hecho sentimos como trágico el hecho de que alguien muera (tanto peor cuanto más cercana sea la persona fenecida). Decimos que nos resignamos a la mortalidad, pero no es cierto. Si por nosotros fuera nunca enfermaríamos hasta morir. Lo que pone de evidencia la contradicción suprema: el hecho de que ¡buscamos una eterna existencia, una eterna tragedia sin sentido ni finalidad! En palabras del filósofo:

"Si la conciencia no es, como ha dicho algún pensador inhumano, nada más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia. Alguien podrá ver un fondo de contradicción en todo cuanto voy diciendo, anhelando unas veces la vida inacabable, y diciendo otras que esa vida no tiene el valor que se le da. ¿Contradicción? ¡Ya lo creo! ¡La de mi corazón, que dice que sí, mi cabeza, que dice no! Contradicción, naturalmente. [...] ¡Contradicción!,  naturalmente! Como que sólo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción. Se trata, como veis, de un valor afectivo, y contra los valores afectivos no valen razones. Porque las razones no son nada más que razones, es decir, ni siquiera son verdades."

Como se puede ver en nuestro día a día: no sólo vivimos de contradicciones, sino también por ellas. Lo cual se aplica (se quiera o no), a todos y cada uno de los hombres ya vividos,  y se aplicará sin remedio a los que tengan por venir.

Y bien nos insiste una y otra vez Unamuno en lo absurdo de este pretendido sacrificio llamado vida que, primero nos auto-infligimos nosotros mismos, y que luego también nos exigen los demás (aquellos que acusan de egoísmo e individualismo al que no ve premio más allá del que pueda recibir en su propia persona), todo en pos de un pretendido (e hipócrita) "Bien" social:

"Quitad la propia persistencia, y meditad lo que os dicen. ¡Sacrifícate por tus hijos! Y te sacrificarás por ellos, porque son tuyos, parte prolongación de ti, y ellos a su vez se sacrificarán por los suyos, y estos por los de ellos, y así irá, sin término, un sacrificio estéril del que nadie se aprovecha. Vine al mundo a hacer mi yo, y ¿qué será de nuestros yos todos? ¡Vive para la Verdad, el Bien, la Belleza! Ya veremos la suprema vanidad, y la suprema insinceridad de esta posición hipócrita."

Pero volvamos a la segunda parte de la ecuación: pongamos la mirada de nuevo en ese ansia de eternidad que todos compartimos:

"Y vienen queriendo engañarnos con un engaño de engaños, y nos hablan de que nada se pierde, de que todo se transforma, muda y cambia, que ni se aniquila el menor cachito de materia ni se desvanece del todo el menor golpecito de fuerza, ¡y hay quien pretende darnos consuelo con esto! ¡Pobre consuelo! Ni de mi materia ni de mi fuerza me inquieto, pues no son mías mientras no sea yo mismo mío, esto es, eterno. No, no es anegarse en el gran Todo, en la Materia o en la Fuerza infinitas y eternas o en Dios lo que anhelo; no es ser poseído por Dios, sino poseerle, hacerme yo Dios sin dejar de ser el yo que ahora os digo esto. No nos sirven engañifas de monismo; queremos bulto y no sombra de inmortalidad. [...] ¿Materialismo? ¿Materialismo decís? Sin duda; pero es que nuestro espíritu es también alguna especie de materia o no es nada. Tiemblo ante la idea de tener que desgarrarme de mi carne; tiemblo más aún ante la idea de tener que desgarrarme de todo lo sensible y material, de toda sustancia. Si, acaso esto merece el nombre de materialismo, y si a Dios me agarro con mis potencias y mis sentidos todos, es para que Él me lleve en sus brazos allende la muerte, mirándome con su cielo a los ojos cuando se me vayan estos a apagar para siempre. ¿Que me engaño? ¡No me habléis de engaño y dejadme vivir!"

Con qué honestidad y valentía habla Unamuno. No, no vale cualquier eternidad, no nos engañemos. Anhelamos una eterna existencia de nuestro yo tal y como es hoy día. Si nos deshacemos de todo lo sensible y lo material, no quedará nada de nuestra actual persona, nada de nuestro ser, nada del hombre que somos: y es que de esta manera no podemos decir que sea nuestro yo lo que permanece en la existencia. Es evidente que no es  esa la eternidad que todos deseamos.

"[...]quiénes somos, viles gusanos de la tierra, para pretender inmortalidad; ¿en gracia a qué? ¿Para qué? ¿Con qué derecho? ¿En gracia a qué?, preguntáis, ¿y en gracia a qué vivimos? ¿Para qué?, ¿y para qué somos? ¿Con qué derecho? ¿Y con qué derecho somos? Tan gratuito es existir, como seguir existiendo siempre. No hablemos de gracia, ni de derecho, ni del para qué de nuestro anhelo que es un fin en sí, porque perderemos la razón en un remolino de absurdos. No reclamo derecho ni merecimiento alguno; es sólo una necesidad, lo que necesito para vivir. ¿Y quién eres tú?, me preguntas, y con Obermann te contesto: ¡para el universo nada, para mí todo!"

Sí, es una necesidad. Necesitamos realmente creernos inmortales, aunque sepamos que no lo somos. Nadie puede imaginarse que pueda morir al día siguiente, aún cuando comprenda que en cualquier momento un accidente puede terminar con su vida: la vida sería insoportable si realmente aceptáramos la verdadera levedad del ser.

Y no queda duda de que Unamuno cree realmente en la inmortalidad de su yo. Pero el propio autor se lamenta honestamente de lo débil de tener que cimentar su creencia en una necesidad (cosa que pocos creyentes reconocen):

"Trágico hado, sin duda, el tener que cimentar en la movediza y deleznable piedra del deseo de inmortalidad la afirmación de esta; pero torpeza grande condenar el anhelo por creer probado, sin probarlo que no sea conseguidero. ¿Que sueño...? Dejadme soñar; si ese sueño es mi vida, no me despertéis de él. Creo en el inmortal origen de este anhelo de inmortalidad que es la sustancia misma de mi alma."

Necesitamos la inmortalidad de nuestra persona. Deseamos que nuestro yo personal nunca muera, o; en su defecto, que sobreviva a la muerte. Lo anhelamos con todas nuestras fuerzas, pero no tenemos ninguna prueba de que esta necesidad se pueda saciar.

Sin embargo, es evidente que no todos nos dejamos seducir por el encanto del deseo:

"Los sensatos, los que no están a dejarse engañar, y nos machacan los oídos con el sonsonete de que no sirve entregarse a la locura y dar coces contra el aguijón, pues lo que no puede ser es imposible. Lo viril, dicen, es resignarse a la suerte, y pues no somos inmortales, no queramos serlo; sojuzguémonos a la razón sin acongojarnos por lo irremediable, entenebreciendo y entristeciendo la vida. Esa obsesión, añaden, es una enfermedad. Enfermedad, locura, razón... ¡el estribillo de siempre! Pues bien: ¡no! No me someto a la razón y me rebelo contra ella, y tiro a crear en fuerza de fe a mi Dios inmortalizador y a torcer con mi voluntad el curso de los astros."

Este es el cenit de la obra que tratamos: la rebeldía contra la razón. La razón dice que no, y muestra una evidencia empírica tras otra sobre nuestra mortalidad material...pero eso no vale por sí sólo para refutar sin lugar a dudas afirmaciones trascendentales. Y si la razón no sirve para apoyar una creencia, pero tampoco tiene fuerza suficiente para demostrar su imposibilidad: ¡reneguemos de esta razón!

Pero en realidad es que nadie se resigna a la mortalidad. Aún aquel que pretende aparentar fortaleza reconociendo su mortalidad, no hace sino consolar su anhelo de inmortalidad personal mediante remedios alternativos para ese mal metafísico que todos padecemos (incluso aquellos débiles disfrazados de fuertes):

"Sólo los débiles se resignan a la muerte final, y sustituyen con otro el anhelo de inmortalidad personal. En los fuertes, el ansia de perpetuidad sobrepuja a la duda de lograrla y su rebose de vida se vierte al más allá de la muerte. Ante este terrible misterio de la inmortalidad, cara a cara de la Esfinge, el hombre adopta distintas actitudes y busca por varios modos consolarse de haber nacido. Y ya se le ocurre tomarla a juego, y se dice con Renán, que este universo es un espectáculo que Dios se da a sí mismo, y que debemos servir las intenciones del gran Corega, contribuyendo a hacer el espectáculo lo más brillante y lo más variado posible. Y han hecho del arte una religión y un remedio para el mal metafísico, y han inventado la monserga del arte por el arte. Y no les basta. El que os diga que escribe, pinta, esculpe o canta para propio recreo, si da al público lo que hace, miente; miente si firma su escrito, pintura, estatua o canto. Quiere, cuando menos, dejar una sombra de su espíritu, algo que le sobreviva."

Se trata de dejar sombra: de dejar un rastro de nuestra persona, algo que nos sobreviva de cualquier modo. Nos afanamos en buscar de entre multitud de formas posibles el mejor modo de dejar un rastro duradero de nuestro paso por la existencia:

"Cuando las dudas invaden y nublan la fe en la inmortalidad del alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y la fama. Y de aquí esa tremenda lucha por singularizarse, por sobrevivir de algún modo en la memoria de los otros y los venideros, esa lucha mil veces más terrible que la lucha por la vida, y que da tono, color y carácter a esta nuestra sociedad[...]"

"Y vuelven a molernos los oídos con el estribillo aquel de ¡orgullo!, ¡hediondo orgullo! ¿Orgullo querer dejar nombre imborrable? ¿Orgullo? Es como cuando se habla de sed de placeres, interpretando así la sed de riquezas. No, no es tanto ansia de procurarse placeres cuanto el terror a la pobreza lo que nos arrastra a los pobres hombres a buscar el dinero, como no era el deseo de gloria, sino el terror al infierno lo que arrastraba a los hombres en la Edad Media al claustro con su acedía. Ni esto es orgullo, sino terror a la nada. Tendemos a serlo todo, por ver en ello el único remedio para no reducirnos a nada. Queremos salvar nuestra memoria, siquiera nuestra memoria. ¿Cuánto durará? A lo sumo lo que durase el linaje humano. ¿Y si salváramos nuestra memoria en Dios?"

Es, por cierto, este innegable terror a la nada el que nos ata a todos a la existencia; el que nos arrebata la voluntad para abandonarla a nuestro antojo o para renegar del deseo de su continuidad.

Y como vemos hay muchas formas de saciar nuestra inevitable sed de inmortalidad, siendo, por supuesto, la fuente religiosa un recurso utilizado casi desde el mismo origen de la humanidad:

"Esa sed de vida eterna apáganla muchos, los sencillos sobre todo, en la fuente de la fe religiosa; pero no a todos es dado beber de ella. La institución cuyo fin primordial es proteger esa fe en la inmortalidad personal del alma es el catolicismo; pero el catolicismo ha querido racionalizar esa fe haciendo de la religión teología[...] Vengamos ahora a la solución cristiana católica, pauliniana o atanasiana, de nuestro íntimo problema vital: el hambre de inmortalidad."

A partir de esta reflexión. se dispone Unamuno a dedicar un capítulo completo a describir con brevedad, pero con mucha contundencia y claridad, la esencia del catolicismo. Ignoraré aquí la argumentación completa que hace el autor, y me quedaré con la conclusión final que hace:

"La solución católica de nuestro problema, de nuestro único problema vital, del problema de la inmortalidad y salvación eterna del alma individual, satisface a la voluntad, y, por lo tanto, a la vida; pero al querer racionalizarla con la teología dogmática, no satisface a la razón. Y esta tiene sus exigencias, tan imperiosas como las de la vida. No sirve querer forzarse a reconocer sobrerracional lo que claramente se nos aparece contrarracional, ni sirve querer hacerse carbonero el que no lo es. La infalibilidad, noción de origen helénico, es en el fondo una categoría racionalista."

Por lo tanto, dada la importancia de lo racional en todo este asunto, el filósofo determina que debe centrarse a continuación en la "la solución, o mejor, disolución, racionalista o científica de nuestro problema". Se comienza esta disertación comentando lo siguiente:

"[..]queda en pie la afirmación escéptica de Hume, y no hay manera alguna de probar racionalmente la inmortalidad del alma. Hay, en cambio, modos de probar racionalmente su mortalidad. Sería, no ya excusado, sino hasta ridículo, el que nos extendiésemos aquí en exponer hasta qué punto la conciencia individual humana depende de la organización del cuerpo, cómo va naciendo, poco a poco, según el cerebro recibe las impresiones de fuera, cómo se interrumpe temporalmente, durante el sueño, los desmayos y otros accidentes, y cómo todo nos lleva a conjeturar racionalmente que la muerte trae consigo la pérdida de la conciencia. Y así como antes de nacer no fuimos ni tenemos recuerdo alguno personal de entonces, así después de morir no seremos. Esto es lo racional. Lo que llamamos alma no es nada más que un término para designar la conciencia individual en su integridad y su persistencia; y que ella cambia, y que lo mismo que se integra se desintegra, es cosa evidente."

Esto es lo racional. La creencia en que la persistencia e integridad de nuestro yo, se basa en el cerebro y las impresiones o sensaciones que recibe. Que después de morir perderemos la conciencia del mismo modo que antes de nacer no la poseíamos.

Y "es menester ponerlo todo en claro, y la verdad es que eso que llamamos materialismo no quiere decir para nosotros otra cosa que la doctrina que niega la inmortalidad del alma individual, la persistencia de la conciencia personal después de la muerte. En otro sentido, cabe decir que como no sabemos más lo que sea la materia que el espíritu, y como eso de la materia no es para nosotros más que una idea, el materialismo es idealismo. De hecho y para nuestro problema -el más vital, el único de veras vital-, lo mismo da decir que todo es materia como que es todo idea, o todo fuerza, o lo que se quiera."

Y además, "el concepto de sustancia nació, ante todo y sobre todo, del concepto de la sustancialidad del alma, y se afirmó este para apoyar la fe en su persistencia después de separada del cuerpo. Tal es su primera aplicación pragmática y con ella su origen. Y luego hemos trasladado ese concepto a las cosas de fuera. Por sentirme sustancia, es decir, permanente en medio de mis cambios, es por lo que atribuyo sustancialmente a la gente que fuera de mí, en medio de sus cambios, permanece. Del mismo modo que el concepto de fuerza, en cuanto distinto del movimiento, nace de mi sensación de esfuerzo personal al poner en movimiento algo."

"Y si la creencia en la inmortalidad del alma no ha podido hallar comprobación empírica racional, tampoco le satisface el panteísmo. Decir que todo es Dios, y que al morir volvemos a Dios, mejor dicho seguimos en Él, nada vale a nuestro anhelo; pues si es así, antes de nacer, en Dios estábamos, y si volvemos al morir adonde antes de nacer estábamos, el alma humana, la conciencia individual, es perecedera. Y como sabemos muy bien que Dios, el Dios personal y consciente del monoteísmo cristiano, no es sino el productor, y sobre todo el garantizador de nuestra inmortalidad, de aquí que se dice, y se dice muy bien, que el panteísmo no es sino un ateísmo disfrazado."

Por lo tanto, en resumen:

"Por cualquier lado que la cosa se mire, siempre resulta que la razón se pone enfrente de nuestro anhelo de inmortalidad personal, y nos le contradice." y, "la ciencia podrá satisfacer, y de hecho satisface en una medida creciente, nuestras crecientes necesidades lógicas o mentales, nuestro anhelo de saber y conocer la verdad, pero la ciencia no satisface nuestras necesidades afectivas y volitivas, nuestra hambre de inmortalidad, y lejos de satisfacerla, contradícela. La verdad racional y la vida están en contraposición ¿Y hay acaso otra verdad que la verdad racional?"

Sin embargo,"esos límites, dentro de los cuales digo que la razón humana prueba esto, son los límites de la racionalidad, de lo que conocemos comprobadamente [empíricamente]. Fuera de ellos está lo irracional, que es lo mismo que se llame sobrerracional que infrarracional o contrarracional; fuera de ellos está el absurdo de Tertuliano, el imposible del certum est, quia impossibile est. Y este absurdo no puede apoyarse sino en la más absoluta incertidumbre"

Y esto es así. La argumentación racional siempre termina abocada a sus propios límites, los cuales rápidamente alcanza, y a partir de los cuales nada más se puede saber. La razón termina en la propia aniquilación de la razón misma: la sucesión en todo estudio causal siempre va a terminar en el escepticismo, en el límite de lo refutable. Porque ¿qué son esas extrañas fuerzas naturales que empujan a los cuerpos (a pesar de que se comprenda bien el modo -el cómo- de su funcionar)? ¿Qué es en sí la materia de un cuerpo, o en qué consiste ser eso que se llama energía (a parte de ser un concepto o idea)? ¿Qué hay detrás de esa aparente relación causal entre fenómenos? En palabras de Unamuno:

"La disolución racional termina en disolver la razón misma, en el más absoluto escepticismo, en el fenomenalismo de Hume o en el contingencialismo absoluto de Stuart Mill, este el más consecuente y lógico de los positivistas. El triunfo supremo de la razón, facultad analítica, esto es, destructiva y disolvente, es poner en duda su propia validez."

Sin duda el mayor mérito de la facultad analítica del hombre es el de reconocer sus propios límites; el comprender y aceptar la duda de todas sus argumentaciones. Y gran parte del mérito se debe, como no, al gran maestro David Hume; padre del escepticismo más formal, el cual trajo a la humanidad la argumentación más contundente en favor de sus propios límites. E incluso el errado y desesperado intento de Kant por sobreponerse a esta duda generalizada, terminó a su pesar en la rendición trascendental; en reconocer que la esencia del fenómeno es irreconocible; en una crítica desde la razón, mediante la cual se comprueba que la propia razón es incapaz de dar cuenta de otra cosa que no sea el fenómeno.

"Cuando hay una úlcera en el estómago acaba este por digerirse a sí mismo. Y la razón acaba por destruir la validez inmediata y absoluta del concepto de verdad y del concepto de necesidad. Ambos conceptos son relativos; ni hay verdad ni hay necesidad absoluta. Llamamos verdadero a un concepto que concuerda con el sistema general de nuestros conceptos todos; verdadera a una percepción que no contradice al sistema de nuestras percepciones; verdad es coherencia. Y en cuanto al sistema todo, al conjunto, como no hay fuera de él nada para nosotros conocido, no cabe decir que sea o no verdadero."

Y esto es un hecho: nadie, ni el más radical de los científicos, puede pretender conocer verdad o falsedad de aquello de lo que no tiene percepción; siendo realmente ridículas ciertas propuestas filosóficas actuales que pretenden erróneamente evidenciar como científicas argumentaciones descaradamente metafísicas y especulativas (las cuales se toman absurdamente en serio, por provenir de reputados científicos -valga de ejemplo el famoso libro de Stephen Hawking-).

Por lo tanto, y he aquí la cuestión de todo lo tratado:

"Ni el sentimiento logra hacer del consuelo verdad, ni la razón logra hacer de la verdad consuelo; pero esta segunda, la razón, procediendo sobre la verdad misma, sobre el concepto mismo de realidad, logra hundirse en un profundo escepticismo. Y en este abismo encuéntrase el escepticismo racional con la desesperación sentimental [...] Ni, pues, el anhelo vital de inmortalidad humana halla confirmación racional, ni tampoco la razón nos da aliciente y consuelo de vida y verdadera finalidad a esta. Mas he aquí que en el fondo del abismo se encuentran la desesperación sentimental y volitiva y el escepticismo racional frente a frente, y se abrazan como hermanos."

Este es el abismo en el que todos nos encontramos lo reconozcamos o no. Esta frase describe mejor que ninguna el sentimiento trágico de la vida: el desconsuelo ante el dolor y el sufrimiento. Un abismo en el que se encuentra el creyente, que en el fondo de su corazón duda (hecho que incluso reconoce el Evangelio: «¡Señor, creo; ayuda a mi incredulidad!»), pero también el científico (o pensador racional) que debe reconocer que todo termina eventualmente en la duda supra fenoménica (so pena de ser incongruente):

"En un escondrijo, el más recóndito del espíritu, sin saberlo acaso el mismo que cree estar convencido de que con la muerte acaba para siempre su conciencia personal, su memoria, en aquel escondrijo le queda una sombra, una vaga sombra de sombra de incertidumbre, y mientras él se dice: «ea, ¡a vivir esta vida pasajera, que no hay otra!», el silencio de aquel escondrijo le dice: «¡quién sabe!...». Cree acaso no oírlo, pero lo oye. Y en un repliegue también del alma del creyente que guarde más fe en la vida futura, hay una voz tapada, voz de incertidumbre, que le cuchichea al oído espiritual: «¡quién sabe!...». Son estas voces acaso como el zumbar de un mosquito cuando el vendaval brama entre los árboles del bosque; no nos damos cuenta de ese zumbido y, sin embargo, junto con el fragor de la tormenta, nos llega al oírlo. ¿Cómo podríamos vivir, si no, sin esa incertidumbre?"

Y quien diga que nunca sintió esta incertidumbre tras su creencia, miente (tanto el más racional, como el más creyente). A partir de todo esto, Unamuno sienta la siguiente base lógica: "El escepticismo, la incertidumbre, última posición a que llega la razón ejerciendo su análisis sobre sí misma, sobre su propia validez, es el fundamento sobre que la desesperación del sentimiento vital ha de fundar su esperanza". Por lo tanto, el filósofo pretende hacer uso de lo que él llama: "un escepticismo salvador".

Pero no es este autor el típico pensador que intenta introducir, gracias a la duda, cualquier idea que satisfaga al consuelo. No le vale cualquier cosa con tal de pretender la inmortalidad del hombre, sino que se afana en proponer el tipo de vida eterna que le es deseable de la que no:

"Y la más fuerte base de la incertidumbre, lo que más hace vacilar nuestro deseo vital, lo que más eficacia da a la obra disolvente de la razón, es el ponernos a considerar lo que podría ser una vida del alma después de la muerte. Porque aun venciendo, por un poderoso esfuerzo de fe, a la razón que nos dice y enseña que el alma no es sino una función del cuerpo organizado, queda luego el imaginarnos que pueda ser una vida inmortal y eterna del alma. En esta imaginación las contradicciones y los absurdos se multiplican y se llega, acaso, a la conclusión de Kierkegaard, y es que si es terrible la mortalidad del alma, no menos terrible es su inmortalidad."

Y es justo en este punto, cuando la lectura de la obra va por la mitad; el momento en que el autor reconoce que lo que sigue en contenido es una visión muy personal del asunto, la solución "salvadora" subjetiva que él ha encontrado a través de esa incertidumbre detectada en la razón; el modo en que Unamuno consigue superar, renunciando a la objetividad, el abismo que tan bien nos hizo vislumbrar:

"He traído aquí al lector que ha tenido la paciencia de leerme al través de una serie de dolorosas reflexiones, y procurando siempre dar a la razón su parte y dar también su parte al sentimiento. No he querido callar lo que callan otros; he querido poner al desnudo, no ya mi alma, sino el alma humana, sea ella lo que fuere y esté o no destinada a desaparecer. Y hemos llegado al fondo del abismo."

"Ahora me queda el exponeros cómo, a mi sentir y hasta a mi pensar, esa desesperación puede ser base de una vida vigorosa, de una acción eficaz, de una ética, de una estética, de una religión y hasta de una lógica. Pero en lo que va a seguir habrá tanto de fantasía como de raciocinio; es decir, mucho más. No quiero engañar a nadie ni dar por filosofía lo que acaso no sea sino poesía o fantasmagoría, mitología en todo caso."

"El que busque razones, lo que estrictamente llamamos tales, argumentos científicos, consideraciones técnicamente lógicas, puede renunciar a seguirme."

Y así hago yo. Renuncio a seguir divulgando el contenido del libro, porque no puedo permitirme primero creer, y luego difundir subjetivas ideas personales fruto del desconsuelo. De igual manera, hay que decir, que no puedo personalmente seguir ninguna fe religiosa concreta, por muchos seguidores que ésta tenga, puesto que ahora comprendo (como bien nos ha expresado Unamuno) que el origen de todas ellas es la desesperación ante la realidad trágica del mundo; y que la propuesta "salvadora" que todas exponen es en el fondo siempre algo contingente, algo relativo a la persona concreta que inventó y escribió en un momento dado la mitología concreta que consistió en ser su solución.

Es no obstante decisión del lector de este blog el continuar o no por su cuenta la lectura de la obra completa de este gran escritor español, aunque lo que realmente tiene mérito, en mi opinión, es lo contado en este artículo: la claridad y la calidad literaria con la que el autor detecta este sentir trágico que respiramos cada día en el mundo, y el hecho de exponer con tanta honestidad que no hay salvación racional al asunto.

Por mi parte, a día de hoy; y por si a alguien le interesa conocer mi creencia personal sobre el asunto, tengo que reconocer que se corresponde bastante bien con las siguientes palabras del fenomenal Leopardi (a pesar de mi sentimiento vital como diría Unamuno):

«Tiempo llegará en que este Universo y la Naturaleza misma se habrán extinguido. Y al modo de grandísimos reinos e imperios humanos y sus maravillosas acciones que fueron en otra edad famosísimas no queda hoy ni señal ni fama alguna, así igualmente del mundo entero y de las infinitas vicisitudes y calamidades de las cosas creadas no quedará ni un solo vestigio, sino un silencio desnudo y una quietud profundísima llenarán el espacio inmenso. Así este arcano admirable y espantoso de la existencia universal, antes de haberse declarado o dado a entender, se extinguirá y perderáse.»

Esta es mi creencia; esta mi desesperación: la del (insalvable) sentimiento trágico de la vida.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Monos con camisa

“En otro tiempo fuisteis monos, y también ahora es el hombre más mono que cualquier mono.”
(FRIEDRICH WILHELM NIETZSCHE)

Hace mucho tiempo que tengo claro que el ser humano es un animal como otro cualquiera (a pesar de nuestro alabado raciocinio, el cual es evidentemente, aunque nos cueste reconocerlo, sólo una herramienta evolutiva más), sin embargo anoche fui presente de un acto grotesco:

Salí ayer con unos amigos a dar una vuelta por la noche aprovechando las fiestas de navidad (sólo hombres, escapadita sin nuestras parejas :P), y todo iba más o menos bien. Sin embargo, de repente, estando nosotros en una discoteca abarrotada de gente, un par de chicas comenzaron a discutir. Al segundo, los amigos de cada chica se unieron a la disputa apoyando cada uno a su correspondiente amiga, con lo que se monto, en apenas 30 segundos, una pelea en la que terminó participando casi medio pub. No menos de 20 personas gritando como locas, lanzando vasos por los aires, y agrediéndose físicamente entre sí.

Fue algo esperpéntico, un espectáculo que sin embargo sé que sólo me llamó la atención porque hace mucho que no salgo hasta tan tarde de madrugada. Porque todos sabemos que este tipo de situaciones es algo de lo más normal y que, de hecho, es algo que sucede cada noche en un lugar u otro de una gran ciudad. Observando desde la distancia, me vino a la mente el siguiente fragmento de documental que había visto hace tiempo, y que vosotros deberíais también de ver, especialmente desde el minuto 6' en adelante:


Y es que sí, somos animales. Nos guste o no admitirlo, seguimos siendo animales: monos con camisa y sin pelo, pero aún así meros animales que; como dijera Pío Baroja: están "un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo". Y no es que como muchos pretenden, sea el caso de que aún nos quede un remanente animal (siendo nosotros otra cosa), sino que realmente no hay diferencia esencial entre otro ser vivo cualquiera y nosotros.

Y comprendo que para muchos esto sea algo complicado de digerir, pero es un hecho que se manifiesta claramente cuando se compara nuestra conducta con la de nuestros ancestros más cercanos. Os digo muy sinceramente, que si anoche los chavales de la discoteca hubiesen estado disfrazados de primates, habría sido casi imposible distinguirlos de las imágenes del vídeo que os he dejado antes.

Aceptemos de una vez que nuestro origen y nuestra finalidad como especie es compartida con el resto de seres vivos: que en realidad sólo somos microbios venidos a más, y que la meta que dirige todos y cada uno de nuestros actos es en sí, la misma meta física que mueve y conduce los flagelos de una simple bacteria: maximizar el consumo de energía (y aumentar la entropía del Universo).



«Sin música, la vida sería un error». (FRIEDRICH WILHELM NIETZSCHE)

martes, 8 de diciembre de 2015

Irracional

“Creo que los animales ven en el hombre un ser igual a ellos que ha perdido de forma extraordinariamente peligrosa el sano intelecto animal, es decir, que ven en él al animal irracional, al animal que ríe, al animal que llora, al animal infeliz.” (FRIEDRICH WILHELM NIETZSCHE)

Día duro el de hoy. Y no sólo porque hoy un familiar muy cercano ha sufrido un problema de salud, sino principalmente porque me siento abatido, literalmente, por mis instintos.

Sin embargo, a pesar de que hoy ha sido con diferencia el peor día, llevo ya en realidad una semana germinando esta pesadez. Una pesadumbre debida al insoslayable peso de la irracionalidad. A esos pensamientos aparecidos de la nada (aunque bien sabe la neurociencia que surgen de circuitos neurológicos inaccesibles a los de la razón), que me apremian y me empujan hacia objetivos que, una vez se racionalizan, se comprenden como absurdos, o al menos, como no tan importantes.

En concreto (y me avergüenza reconocerlo), se trata de una mezcla de celos hacia mi pareja, de una necesidad imperiosa de mantener más relaciones sexuales, y del paso por un periodo de baja autoestima. De uno en uno, estos son problemas que todos hemos padecido (o padecemos) de manera más o menos puntual, pero cuando se unen en el tiempo, a mi personalmente me dejan por los suelos...y peor me siento cuando comprendo la estupidez de dejarse llevar por semejante mamarrachada de problemas (siendo consciente de que hay millones de personas con problemas infinitamente peores que estos de los que os hablo).

Pero no hay nada que pueda hacer, porque ese sentimiento; ese instinto o pensamiento no racional, nacido en algún recóndito rincón evolutivo de mi cerebro, domina sobre mi voluntad racional. No quiero que me afecten semejantes tonterías, pero esas tonterías sobrepasan mi capacidad de decisión. Sé que mi mujer es fiel, pero no puedo evitar sentirme celoso simplemente porque la hayan incluido en un grupo de Whatsapp de antiguos compañeros de colegio; tengo más sexo que la mayoría de mis amigos y conocidos, pero no puedo evitar desear y necesitar aún más, y no puedo evitar tener la autoestima baja, a pesar de que sé que intelectualmente supero la media (aunque no sea Einstein)  y de que me consta que físicamente atraigo a las mujeres (aunque no sea Brad Pitt).

Y sufro. Lo paso mal, y comienzo a rumiar pensamientos estúpidos: que si buscarme una amante, que si obligar a mi mujer para que salga del grupo de chat, que si hacer más deporte y dieta para mejorar aún más la figura...en fin, pamplinas; pero pamplinas que no por serlo dejan de hacerme sentir mal.

Mañana (o pasado) me sentiré probablemente mejor, y veré lo ocurrido esta semana como una bobada temporal: un chiste de mal gusto. Pero eso no deja de hacerme ver lo evidente: que en el fondo no soy más que un animal; un animal que, como diría Nietzche, ríe, un animal que llora (como hago en estos momentos), un animal infeliz.

Pero no pasa nada. La vida es así: un sufrimiento absurdo tras otro, hasta que la nada borra nuestro paso por la existencia. Aunque esto es en el fondo liberador; porque es evidente que un conjunto de fenómenos absurdos no pueden merecen nuestro aprecio (¿qué aprecio puede tener nada de lo que haga o piense cuando sé que nadie lo recordará -ni me recordará, en general- dentro de pocos años?). Pretendo vivir la vida (como hago desde hace décadas), con una sonrisa en los labios, riendo de lo absurdo de mi temporal sufrimiento. Todo está bien...pese a lo irracional.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Sólo somos máquinas de devorar energía (II)

"Somos máquinas de supervivencia, vehículos autómatas programados a ciegas con el fin de preservar las egoístas moléculas conocidas con el nombre de genes." ("El gen egoísta: Las bases biológicas de nuestra conducta", Richard Dawkins)
"You start with a random clump of atoms, and if you shine light on it for long enough, it should not be so surprising that you get a plant." Jeremy England (2014), interview commentary with Natalie Wolchover
Mucho he hablado ya en el blog sobre la interesante y reciente propuesta de Jeremy England[1][2][3] sobre la abiogénesis. Y también he intentado personalmente poner a prueba dicha teoría mediante simulaciones físicas por ordenador, con un resultado en apariencia favorable[4][5]. Sin embargo, ya empiezan a aparecer experimentos reales (y no meras simulaciones) que empiezan a evidenciar empíricamente las palabras del físico del MIT. Yo realmente espero una futura oleada de nuevas pruebas a favor de esta propuesta, pero dado lo reciente de la teoría subyacente (que data de finales del 2013, hasta el día de hoy[6][7]), es ya importante el hecho de que comiencen a aparecer experimentos en laboratorios que la sustenten.

Pues bien. El trabajo de constatación en cuestión lo han realizado los científicos Dilip Kondepudi, Bruce Kay, y James Dixon, pertenecientes al departamento de química de la Wake Forest University (en Carolina del Norte). Dicho trabajo se titula: "End-directed evolution and the emergence of energy-seeking behavior in a complex system"[8], y viene a resumirse en la siguiente sentencia:

"Se ha estudiado cómo en un sistema lejos del equilibrio térmico, y dirigido por una fuente de energía eléctrica externa, unas pequeñas esferas de aluminio inmersas en un fluido viscoso dan lugar a la gradual aparición de complejas estructuras en forma de árbol, las cuales exhiben un movimiento dinámico muy parecido al de ciertos organismos unicelulares, y ofreciendo por tanto una búsqueda activa hacia aquellos estados de máximo consumo de energía (y, por tanto, de máxima disipación): es decir; que se ha comprobado cómo bajo ciertas condiciones, y de un modo espontáneo, aparecen fenómenos que buscan activamente estados de máxima producción entrópica. Estas formaciones o estructuras complejas se forman y se mueven, por tanto, de manera tal que favorecen siempre estados de mínima energía libre; y además, si el sistema es perturbado de manera que pierden su eficiente estructura, en el momento que la perturbación finaliza, comienzan a regenerar de nuevo su formación hasta que se alcanza de nuevo un estado de máximo consumo energético."

El que un experimento tan simple en su construcción presente unas características tan parecidas a las de ciertos organismos vivos simples, es realmente impresionante (e inesperado). Es más, el hecho de que las esferas de aluminio no presenten, como era de esperar, una dinámica caótica con choques y movimientos aleatorios, parecen indicar claramente un comportamiento ontológico del mundo favoreciendo en este ambiente un proceso evolutivo dirigido hacia aquellos estados finales que maximicen (y no sólo que aumenten) la producción global de entropía.

Todo esto encaja y parece apoyar fuertemente la teoría de Jeremy England, el cual ha desarrollado una completa formulación matemática[6][7] a partir de preceptos termodinámicos, concluyendo que las estructuras complejas acontecidas en sistemas lejos del equilibrio, deben presentar características tales que favorezcan la máxima absorción media de una fuente de energía externa. Esto es precisamente lo que se ha observado en el experimento del que os hablo: una evolución temporal hacia estados que ofrecen mínima resistencia eléctrica (y con ello, máxima absorción energética de la fuente eléctrica externa, y por tanto, máxima disipación y máxima producción de entropía).

La posibilidad de que la vida primitiva  haya surgido en un proceso espontáneo muy similar al acontecido en este experimento (aunque con una mayor complejidad y diversidad en las fuerzas termodinámicas implicadas, y mediante intervalos de tiempo mucho mayores), es bastante plausible. Es más, la conjunción de este tipo de experimentos, junto con formulaciones teóricas tan apasionantes como la del físico del MIT, hacen de esperar en los próximos años un acuerdo de la comunidad científica sobre el modo en que el proceso de abiogénesis vino a ocurrir.

Y si hay algo por lo que estos trabajos son realmente apasionantes, es precisamente porque suponen la explicación última tan buscada sobre dos de las grandes preguntas filosóficas: ¿de donde venimos (qué causó nuestra aparición en el mundo)? ¿y adónde vamos (cuál es la finalidad de nuestra existencia)?

Pues bien. Si futuros trabajos experimentales de este estilo siguen dando resultados positivos; las respuestas serán que nuestro origen es fruto de un proceso natural espontáneo por el cual el Universo favorece la aparición gradual de estructuras complejas en sistemas lejos del equilibrio (como es el caso de la Tierra), a condición de que de ese modo se alcance (dentro de un entorno determinado) estados de máxima producción en la entropía global del Universo.

De este modo, se puede esquematizar el origen de la vida (y del ser humano) con el siguiente vídeo del experimento que tratamos. Este vídeo, ofrecido junto al paper original, nos muestra así un fenómeno parecido (aunque simplificado), al que pudo dar forma aquí en la Tierra a las primitivas estructuras abióticas complejas que luego, gradualmente, llevaron a la formación de los primeros organismos propiamente vivos:

video

La pregunta sobre nuestra finalidad (¿adónde vamos?), se responde desde esta perspectiva científica, afirmando que todo lo que cualquier organismo vivo debe hacer (cualquier fenómeno complejo, en realidad), es favorecer la aparición de los estados termodinámicos de máxima entropía. Esa es nuestra finalidad, ese es nuestro fin y nuestra misión: replicarnos y consumir toda la energía que caiga en nuestras manos de modo que se maximice en lo posible (según un entorno concreto) la producción global de entropía en el Universo. Y este objetivo impuesto por la física es ineludible, y es compartido por todos los fenómenos complejos (vivos y no vivos), que aparecen en el mundo. De hecho, cuando una especie desaparece del planeta, es por no poder ya maximizar en su entorno la producción de entropía, siendo tal especie sustituida por otra que realiza mejor esa función.(esta sería, de hecho, la base física subyacente escondida tras la abstracta teoría de la evolución biológica).

Se puede decir que este otro vídeo, también suplemento del paper, esquematiza por tanto la finalidad de todos y cada uno de nuestros actos (volitivos o no): maximizar el consumo energético.

video

Cuando te creas un ser especial, dotado de maravillosas capacidades racionales, recuerda que todos tus actos (tanto los instintivos como los reflexivos) son en esencia equivalentes a los de esas bolas de aluminio buscando estados de máximo consumo: puesto que no te quepa duda de que no hay diferencia material alguna entre ambos fenómenos (la racionalidad de hecho, es sólo un modo en que la naturaleza ha conseguido maximizar en gran medida la eficiencia en el consumo energético gracias a una mejor previsión de los fenómenos futuros).

Y aunque las implicaciones filosóficas son enormes, no voy a entrar a ello en este artículo. Baste decir que todo apunta a que nuestra lucha como seres vivos, no es más que parte de un intrincado proceso por el cual hemos conseguido ser los seres que más y mejor han conseguido acaparar y devorar todo el potencial energético disponible en la Tierra. Si esta "finalidad" es merecedora de tanto dolor y sufrimiento pasado, presente y futuro ya es otra cuestión, pero los hechos son los que son: sólo somos máquinas de devorar energía.

Referencias de interés:

[1] http://quevidaesta2010.blogspot.com.es/2015/02/las-matematicas-de-la-conducta.html
[2] http://quevidaesta2010.blogspot.com.es/2014/12/las-matematicas-de-la-vida.htmlhttp://quevidaesta2010.blogspot.com.es/2015/01/las-matematicas-de-la-vida-ii.htmlhttp://quevidaesta2010.blogspot.com.es/2015/01/las-matematicas-de-la-vida-iii.htmlhttp://quevidaesta2010.blogspot.com.es/2015/01/las-matematicas-de-la-vida-iv.htmlhttp://quevidaesta2010.blogspot.com.es/2015/01/las-matematicas-de-la-vida-v.html
[3] http://quevidaesta2010.blogspot.com.es/2014/12/solo-somos-maquinas-de-devorar-energia.html
[4] http://quevidaesta2010.blogspot.com.es/2015/11/experimento-en-favor-de-la-teoria-de.html
[5] http://quevidaesta2010.blogspot.com.es/2015/03/evidencia-favor-de-la-teoria-de-jeremy.html
[6] http://arxiv.org/pdf/1412.1875v1.pdf (Perunov, N., Marsland, R., and England, J. "Statistical Physics of Adaptation", (preprint), arxiv.org, 2014.)
[7] http://www.englandlab.com/uploads/7/8/0/3/7803054/2013jcpsrep.pdf (England, J. L. "Statistical Physics of self-replication." J. Chem. Phys., 139, 121923 (2013).)
[8] End-directed evolution and the emergence of energy-seeking behavior in a complex system (Dilip Kondepudi, Bruce Kay, and James Dixon Phys. Rev. E 91, 050902(R) – Published 18 May 2015)