jueves, 12 de abril de 2018

"Razón Biológica, la base evolucionista del pensamiento", por Carlos Castrodeza

"Esto es lo que conviene analizar. ¿Por qué al hombre le duele su ignorancia, como podría dolerle un miembro que nunca ha tenido?" 
(Carlos Castrodeza)


Hoy acabo de releer por segunda vez el magnífico libro de Carlos Castrodeza: "Razón Biológica, la base evolucionista del pensamiento". Es una lástima que este buen filósofo español no tenga más reconocimiento, y es una mayor pena que falleciese antes de poder terminar de germinar toda su línea de trabajo.

Como muestra de su talento me gustaría compartir con vosotros la manera en que este autor, un fenomenal biólogo reconvertido en filósofo, termina el libro arriba mencionado con este memorable epílogo (como él diría, para flemáticos):

"Leslie Stevenson publicó una pequeña obra maestra, Siete Teorías de la Naturaleza Humana. En este escrito Stevenson simplificó, sin trivializar, la contemplación de las cuestiones sempiternas epistemológicas y éticas de la filosofía. Stevenson proponía que todo ser humano siempre se formula, de un modo tácito al menos, las siguientes preguntas, y en este orden: ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Por qué no acepto mi situación? ¿Hay solución? (en realidad, estas son las preguntas kantianas por excelencia). Las dos primeras preguntas (cosmológica y antropológica) plantearían en sus respuestas la propia epistemología, y las dos segundas un principio ético, tanto en su fase pre-ética (sintomatología) como en la práctica ética propiamente dicha.
Stevenson explicitaba entonces siete cosmovisiones típicas. Según la terminología aquí empleada, una sería típicamente racionalista, la platónica, dos instintivistas de signos opuestos, la cristiana y la existencialista de Sartre, dos instrumentalistas, la freudiana y la marxiana, una positivista, la conductista de Skinner y otra refutacionista, la etológica de Loren.
La idea de Stevenson era que todos los seres humanos participamos en mayor o menor grado de las cosmovisiones de estos creadores.
Lo cierto es que el modelo de Stevenson se puede generalizar aún más, e incluir una serie adicional de cosmovisiones que cubran de un modo mucho más completo las pretensiones humanas. De hecho, y de acuerdo con las ideas expuestas, a lo largo páginas, habría una cosmovisión de la que derivarían as las demás. Esta sería una cosmovisión de corte biológicoevolucionista, basada específicamente en un esquema darwiniano, que iría más allá de la ortodoxia vigente y sería, desde luego, más amplia que el que propugna Lorenz y, sobre todo, Skinner.
La raíz de esta cosmovisión generalizadora [biológicoevolucionista] estaría en el sufrimiento animal, y específicamente en el humano, lo que reflejaba muy exactamente la sensibilidad del propio Darwin al respecto. Procede pues, para cerrar estas disquisiciones naturalistas, contestar a las preguntas Stevensonianas desde esta perspectiva biológica general y a un nivel 'macroscópico', es decir, tomando como referencia lo que se estima que el hombre siente 'a flor de piel'. Sensación que, no es otra cosa, sino la materia prima para el estudio de una supuesta naturaleza humana por parte tanto de racionalistas como de intuicionistas, en los extremos, así como de cualquier otro estudioso al respecto.
¿Dónde ve el hombre que está cuando su autoconciencia se va despertando? Ve que el mundo es un lugar amenazador. Siente, contemplándolas, las amenazas del frío, del hambre, de enfermedad, del tedio, de los depredadores, de la hostilidad de sus congéneres, del fracaso vital en sus distintas dimensiones. Intenta contrarrestar estas amenazas a costa prácticamente de lo que sea y de quien sea, aunque teóricamente manifieste cierta contención. Pero siempre constata que la inseguridad persiste, y que hay que seguir viviendo hasta que, quizá en el mejor de los casos, se sucumba gradualmente por el deterioro orgánico [vejez] que se impone hasta la muerte.
Una vez ubicado su medio, ¿cómo se ve el hombre? Se vislumbra como un ser forzado a (deseoso de) sobrevivir sobre todas las cosas. No importa cuál sea su sufrimiento, su miseria, su menosprecio a la vida, su desesperación. Se ve arrastrando su existencia, a menudo, de una manera tan tragicómica como amarga, hasta que alguna vez, rara vez, se 'rompe' y acaba él mismo con esa existencia.
Su rechazo a su situación está clara, pero insiste en llegar fondo de las cosas. Y asume que el hombre sufre sobre todo porque en realidad no sabe qué hacer, no sabe a qué atenerse para remediar su condición existencial. Concretamente, su verse forzado a (deseo de) sobrevivir por encima de todo, resulta truncado por la inevitabilidad de su propia muerte. Algunas veces piensa que existe un Ser Superior (un Algo) y que si confía en Él (en Ello), viviendo en el mundo como si estuviera al margen de todo (o fuera parte de un Todo), su doliente estado al menos se mitigaría. Pero esa confianza que exige una fe inexplicable, tiene su precio. El precio de la fe. Éste es normalmente la renuncia a supuestas compensaciones que puede conseguir y que supone en ocasiones, fugazmente, casi olvidar su situación. En cualquier caso, la duda insuperable hace que esta actitud parezca frecuentemente insostenible.
Otras veces decide que lo mejor es no pensar, que es necesario distraerse con algo que aparte la atención del problema existencial, un problema que, insiste, no sabe cómo resolver. De nuevo, esta escapatoria funciona parcialmente, especialmente si no se tiene tiempo para pensar, aunque el mal de fondo subsiste y va horadando la conciencia incesantemente.
¿Qué solución? Desde la mejor de las situaciones intuye que la manera óptima de diluir esa desesperanza está en inmiscuirse -del modo más directo al más indirecto- en actividades tecnológicas, científicas, artísticas y filosóficas:
- La tecnología, con la pretensión de remediar, con la menor dilación posible, las necesidades más perentorias (no pasar hambre, ni frío, no sufrir por causas de dolencias orgánicas).
- La ciencia, con la pretensión de dilucidar hasta qué punto puede ser posible resolver todas, y cada una, de las necesidades que surgen, ya a más largo plazo. Porque la satisfacción de las necesidades más inmediatas parece ceder el paso a otras que aguardan su turno, como soterradamente, y que cuando toca actualizarse son tan exigentes como las que fueron en su día las más apremiantes.
- El arte, porque le traslada al hombre a un mundo de bienestar sosegado, que no parece producir resaca, y ayuda a no perder la calma, e, incluso, resuelve la angustia existencial en ciertos casos.
- Por fin, la filosofía, actividad crítica de todo lo anterior, con objeto de cotejar hasta qué extremo no existe una ilusión indebida y se sigue 'con los pies en el suelo', porque si dura es la realidad cotidiana -se experimente o se piense (en 'propia carne' o en la de otros)-, peor es estar en Babia y despertarse en una pesadilla más horrenda que la que se haya podido soñar.
Estas aproximaciones atañerían a todos los seres humanos, en sus distintas variantes, especialmente en sus dos extremos: el hombre racional y el hombre instintivo.
[...] Estas tipologías [de personas], se insiste, más que ser en cierta medida genéticas (como afirma Eysenck), serían el resultado de la interacción del genotipo y el ambiente percibido, es decir, dichas tipologías serían, en general, estrategias de supervivencia. En todo caso se 'genetizarían', valga el término, aquellas que facilitaran más la supervivencia a través de los tiempos (quizá según un proceso de asimilación genética como, en su día, preconizara Conrad Waddington)."